noviembre 26, 2016

El primer cuento



Toda la culpa es de mi hermano. Me acuerdo que era julio porque casi iba a cumplir siete. Y ya tengo siete y medio. Me dio un regalo, dijo que como yo ya iba a ser un adulto tenía que empezar a leer cuentos. Le contesté muy enojado que había leído millones. Mentí. Me explicó que el primer cuento siempre tiene magia. Todos dormían cuando lo abrí y con una lamparita comencé a leer. En la mañana me despertó una mordida en la nariz. Cuando me puse mis lentes encontré una gotita de sangre. ¡No pude ni gritar! Junto a mí había un conejito gris. Desde ese día cada vez que me da hipo escupo uno o dos conejitos, a veces hasta tres. Ya no duermo en mi cuarto. Si me quedara adentro de la casa, en algún hipo nocturno escupiría tantos conejitos que nos quedaríamos sin aire. Duermo en el jardín, así cuando ellos nacen pueden masticar las plantas de mi mamá. Mis conejitos son muy inteligentes, aprendieron a hacer torres para abrir el refri y comerse las lechugas. Mi papá dice que puedo solucionar la hambruna mundial. Tan sólo de pensarlo me da un hipo tremendo y los escupo en avalanchas. Ya no como cosas que piquen y siempre uso suéter. ¡Es peligroso tener hipo tan seguido! Pero gracias a tu idea tal vez me cure. Busqué mucho y ya escogí otro cuento. Se llama Axolotl, no sé lo que significa, pero lo escribió el mismo hombre. Debe ser un buen cuento.


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febrero 04, 2016

Café de abuelas


Nunca he saboreado una taza de café como lo hacen quienes con él se despiden del universo onírico del sueño y vuelven a la vida cada mañana. Mi abuela materna desde niños nos daba café con leche y azúcar, allí brilla un recuerdo de mi infancia. Café que salía de la tierra de su patio antes de que el patio ya no tuviera café. Cortaba los granos rojos (eran dulces los granos rojos), los llevaba a la azotea de la casa, los dejaba al sol varios días y varias noches, ya secos los tostaba y los molía un molino de mano; la primera molida era para martajar la cáscara, poner los granos en una palangana y soplar y sacudir las cáscaras. La segunda molida era fina. De allí salía el polvo oscuro que guardaba luego en una lata de un kilo. Hasta ahora pienso y recuerdo todo ese proceso, yo ayudaba a moler y a soplar, otras veces sentada desde la azotea tiraba a manos llenas los granos a medio secar, yo era una niña. Se enojaba. Levantaba cada grano para llevarlo de nuevo al sol. Tal vez cuando mi abuela muera la recordaré siempre por el café que hacía para ella y para mí, el café que salía de la tierra de su patio y que yo molía.
Mi abuela paterna murió hace muy poco, aún cuento los meses que han pasado. La otra noche pensaba que no quiero sorprenderme un día en que hayan transcurrido años. Quiero saber siempre cuánto tiempo ha pasado, a la  mejor se vuelve una obsesión, a la mejor la obsesión me la recuerda para siempre… mi abuela paterna tomaba el café cada noche. Una taza (yo elegía para ella mi taza favorita de entre sus tazas) con la mitad de agua y la mitad de leche, una cucharada chica de café descafeinado soluble, sin azúcar, muy caliente. Tomaba con su café galletas saladas, galletas normales para café, pan o lo que fuera. Nunca lo terminaba, quedaba un centímetro y medio, cada noche. Yo lo preparaba para ella y volvía luego a la cocina con ese centímetro y medio. Mi abuela preparaba café árabe, que se toma muy concentrado, en porciones pequeñas y amargas. Ella siempre me contó que “leía el café”. Te tomabas un café árabe con una persona, platicabas, la persona y tú se relajaban, luego, sobre el plato se volteaba la tacita y el asiento del café escurría. Se formaban figuras. Landy leía en esas formas el futuro de las personas. Yo quería pedirle que me enseñara a hacerlo. Seguro lo habría hecho. Pero las abuelas siempre se mueren antes de tantas y tantas cosas.

Nunca he saboreado una taza de café como lo hacen otros, ahora sólo tomo café cuando tengo frío, sirve para calentar el cuerpo…y también un poco para calentar el alma. 

marzo 20, 2014

Franca y simple paradoja

//A cada espejo que te duplica para mí...


¿Y qué hará París cuando te vea llegar?

¿Cómo hace el hermoso David
cuando observa tan curioso
-en los ojos extranjeros-
lo sublime de su cuerpo?

Que paradoja tan sabia
permite indistintamente
encontrarnos en el mundo
sin jamás habernos visto.

Es así como tú mismo
te encuentras sin nunca antes
haberte mas que soñado;
cual si en las fragantes flores
hallaras de contrabando
la aleación de tus metales.

Si al buscarlas tu recorres,
en la romántica Francia,
los pasos de tantos hombres,
no tardes, mírame y vuelve;
vuelve atrás sobre tus pasos
pues existe quien te aguarda
para siempre recordarte
que cuando sueño es por ti.

Que el hermoso caramelo
de tus líquidos acuosos,
admire en los fonemas
maravillas de la lengua;
que lo exótico en tu sangre,
en la sangre de los nuestros,
comprenda en las diferencias
el orgullo de lo bello.

A tu vuelta y en sus labios
cuéntale a ella, tu amada;
besa su boca con sabor a cuentos
que se vuelven canciones,
que se vuelven poemas,
y -con suerte- tal vez odas.

Es posible que en los besos
con los que premies su espera,
yo pueda desde mis sueños,
construir entre palabras
un tributo para ti.

Hermoso París del pecho,
hombre de las dos mujeres,
quédate siempre con ella
para dejarme contigo.
País que al verte refleja,
entre nítidos suspiros,
lo perfecto que yo he visto
cuando te vez al espejo.

Y yo, París, mientras tanto
¿qué haré yo si estás tan lejos?,
¿cómo pudieran mis labios
besarte en tu doble ausencia?
¿y cómo podrían tus manos
tocarme en mi doble esencia?