noviembre 26, 2016
Desde la cocina de Mario
El primer cuento
abril 24, 2012
Sí, por favor más café
enero 09, 2012
Adios al circo
abril 14, 2010
Una mirada hacia el futuro

//Para tí. Por dibujarme un mundo nuevo y llenar de colores el otro.
−Dime más, anda.
Estiró la mano un poco hacia atrás y tomó la de él. Entrelazaron los dedos.
−Pues todo funciona a base de una energía que fluye por las ciudades, es plasma sabes, alguien al fin logró potencializar la energía del sol y transformarla en plasma.
−Hmm…debe ser peligroso.
Saúl recorrió el índice por la frente de la chica, alisando la arruga que se había formado.
−Pues claro tonta, el plasma es peligroso.
Joseline sonrió.
− ¿Ahora de qué te ríes Joss?
−De ti obviamente.
Por supuesto que no era verdad. Saúl dejó de mirarla pero también sonrió.
− ¿Sabes de qué color es?
− ¿Qué cosa?
−Pues el plasma. ¡La energía de las ciudades!
Saúl recogió la pierna que tenía libre; cuidadosamente desató el nudo de dedos entrelazados y con el apoyo de ambos brazos se recargó para atrás, mirando el cielo.
−Color teal.
−Me parece que ya vas entendiendo, sí que es teal.
Joss giró los ojos en un gesto de fingido desespero.
−Que loco eres.
−A la mejor es que yo también voy aprendiendo.
Silencio.
− ¿El qué? ¿Aprendiendo qué cosa?
−El plasma obviamente ¿hablamos de eso o no?
Estiró sus manos y alcanzó su barbilla, atrayéndolo hacia ella.
−Saúl…mentiroso, dime, ¿estás aprendiendo qué?
− ¿Puedo besarte tonta?
Joseline volvió a sonreír.
−Ajá.
Saúl se inclinó bastante y dejó que ella guiara con sus manos, la cara hacia sus labios. Luego él volvió a echar los brazos atrás, recargar la cabeza sobre los hombros y mirar el cielo.
−Voy aprendiendo de ti esa locura.
−Ah, eso.
−Sí, eso.
Echó la mano una vez más hacia atrás. Saúl recargó todo su peso en un solo brazo y volvió a entrelazar sus dedos con ella.
− ¿Y luego?
−El aire acabó por limpiarse del todo y como la madera ya no se utiliza, ¿recuerdas la madera sintética que se logró fabricar con tierra, algunos químicos y agua salada?, los árboles crecen, por eso se limpió el aire.
− ¿Sin árboles cómo hacen papel entonces? La madera sintética no sirve para eso.
La mano libre se recargó sobre el pecho de Saúl, distraídamente el dorso sentía su corazón. Ritmo y frecuencia.
− ¡Pero qué preguntas son esas Jossy!
− ¿Me quieres cachorro de hombre?
−A veces nada más.
−Mentiroso mentiroso.
La voz le sonó a susurro.
− ¿Qué hay de la gravedad Saúl?
−Pues bien, obviamente es una fuerza que no se puede evitar, pero ya sabes, el magnetismo se usa ahora verdaderamente como se debe. Los campos magnéticos ahorran la energía y facilitan la vida.
Saúl se movió un poco y Joseline se levantó. Cuando cambió de posición y cruzó las piernas, ella volvió a recostarse.
−A veces te quiero, todas las demás veces te amo tonta.
− ¡Lo sabía!
−Jossy, ¿te conté de las naves?
−Es tu parte favorita.
−Como sea. Las naves transportan a las personas de una ciudad a otra, pero principalmente se usan para llevar a la gente a la tierra, porque ya sabes que todas las ciudades son flotantes…
−Lo sé hombre, lo sé.
−Toda la tierra quedó para los animales, las especies se regeneran y restablecen el equilibrio natural, claro que las personas van de visita siempre que quieren ver los bosques y demás.
Joseline se levantó y volteó sobre su hombro a mirarlo, extrañada.
− ¿Ya nadie vive en la tierra verdad? ¿Por qué eso?
−Ya te digo que solo es para visitas.
−Pero por qué.
Saúl sonrió, encantado por la insistencia.
−Un día decidieron que era lo mejor, por eso las ciudades están flotando sobre el mar y los acantilados, los humanos ya no intervienen en nada, se reivindicaron, ¿recuerdas? Solo visitan para maravillarse del resultado.
−Mjú. Me agrada eso de la nueva y mejorada idiosincrasia también. Ya era hora de que las personas dejaran de pensar en sí mismos solamente.
Jossy, sentada a su lado, recargaba la barbilla en su hombro y le rodeaba el cuello con el brazo. Saúl acariciaba la mano de ese brazo.
−La luna también está poblada ahora ¿verdad?
Saúl abrió los ojos alarmado. Ella levantó una ceja.
− ¡Pero por supuesto que no!
−Que raro eres.
−Jossy, mi amor, tonta, la luna la dejaron para los poetas y compositores.
− ¡Cierto! Como el mar.
−Exacto, para que todo el tiempo pudieran escribirse poemas y canciones, nada más, ya nadie vive en la luna y el mar.
Joss lo besó en la boca y luego se alejó un poco.
−Te amo Saúl.
Silencio pleno, dulce, compartido.
−Me amas.
− ¡Pues claro que sí aluminio mal reciclado!
El corazón del chico palpitó fuerte.
−Oye tú, ¿y todo eso es bonito?
Saúl la miró fijamente unos segundos. Se puso de pié, se sacudió un poco y dirigió ambas manos hacia ella. Le ayudó a levantarse. La chica lo abrazó por un costado con ambos brazos y Saúl a ella con un solo brazo en su espalda.
− ¿Lista mujer?
−Sí señor.
Con la mano libre Saúl cerró los párpados de Joss, a la vez que él mismo cerraba sus ojos y luego estiraba la mano hacia el horizonte.
El barranco empedrado y terroso que era el lugar en que estaban parados, en aquella montaña fuera de sitio, se transformó bajo sus pies en un acantilado.
Y luego de pronto todas esas ciudades, y el plasma visible entre las estructuras metálicas y los elevadores, todos los mecanismos magnéticos, las naves cortando el aire y…
− ¿Lo ves mi Joss?
−Sí.
Silencio, suspiro.
− ¿Y bien?
− ¡Es maravilloso Saúl!
La abrazó con más fuerza, cariñosamente, mientras ella acomodaba la cabeza en su pecho, muy cerca de su cuello. La cara levantada dirigiendo las palabras a su oído.
−Como tú.
Él besó su cabello y se quedó allí, recargado en ella, aún con los ojos cerrados. Sonriendo. Sonreía ante esa mirada del futuro que había dibujado para ella. Para los dos.
septiembre 07, 2009
Confesión por escrito
--> − ¡Nadie entiende! ¡Nadie entiende, yo la maté, la maté!− gritaba el desgraciado.
Dos enfermeros del hospital psiquiátrico lo mantenían imposibilitado, usaban toda su fuerza y solo así conseguían retenerlo pegado de cara al piso, con los brazos retorcidos tras su espalda.
− ¡Tengo pruebas, yo la maté! –su garganta parecía a punto de ceder, los alaridos atronadores que brotaban desde su estómago amenazaban desgarrar las cuerdas vocales. Sus ojos casi se salían de las órbitas por el esfuerzo.
Los objetos impecables de la blanca estancia comenzaron a menguar; parpadeaban por momentos, se desdibujaban, las líneas de sus contornos vibraban ligeramente para difuminarse poco a poco. Los sedantes surtían efecto, lo enviaban a alguna parte de su inconsciente, desde donde aún podía imaginarla tirada sin vida, embarrada en su propia sangre.
−Inmediatamente doctora, la dosis normal, despertará en media hora. Nos dio algunos problemas y no dejaba de gritar que había matado a una mujer.
− ¿Qué dicen las autoridades?
−Solo lo retuvieron durante unos veinte minutos, pensaron que no estaba bien de la cabeza y lo trasladaron enseguida; venía esposado e inconsciente.
La mujer no se detuvo un solo segundo mientras entrevistaba al enfermero, el hombre caminaba medio paso detrás de ella relatándole los pormenores.
− ¿Cómo lo hizo?
El enfermero se detuvo y ella no pudo menos que notarlo y mirarlo un poco fastidiada.
−No mató a nadie −afirmó haciendo un gesto de hombros y de palmas extendidas–. No hay pruebas, no hay personas desaparecidas, no existe la mujer que él nombra, no hay crimen por ningún lado.
La doctora miró a su interlocutor sin verlo, como si más bien éste se interpusiera en su línea de vista. Se permitió por unos momentos un gesto de desconcierto y enseguida enfocó la mirada, cambió el saco de un brazo a otro y se mostró exasperada.
−Bien doctora, no la interrumpo más, el paciente se designó al doctor R…
−No, asígnelo a mis pacientes, gracias.
El hombre permaneció plantado tal como estaba, escuchando los taconazos alejarse; primero sobre un mármol durísimo y posteriormente sobre un tramo de duela pulida. Al final de su recorrido diario –como para sellar el conjuro– la vieja bruja le acomodó el acostumbrado golpe a su puerta.
Aceleró el paso a modo de nivelarlo a su habitual ritmo sin interrupciones, sin un Héctor hablando hasta por los codos. Caminaba rápido y mirando de frente; las puertas de ambos lados del pasillo se confabulaban en su mente para contribuir a simular un ejemplo pasable del efecto Doppler.
La placa rezaba: “Hospital de análisis y salud mental. Directora general…”
Ni siquiera la miró. Azotó la puerta de su oficina.
Hizo algunas llamadas: un cirujano, una trabajadora social y algún otro sin importancia. Aburrido, aburrido, aburrido.
Leyó el nuevo expediente.
Carlos Cortés, sin antecedentes penales, sin previas consultas psiquiátricas, sin familia ni enfermedades genéticas hereditarias, aparentemente sano, aparentemente inocente, aún cuando él afirmara –a berridos− lo contrario.
Le gustaba la psiquiatría a un nivel criminal. Lidiar con las mentes que además de enfermas, tenían algo de retorcido y peligroso.
Y definitivamente Carlos Cortés prometía.
Al abrir los ojos e ir retomando conciencia de su situación, Carlos Cortés intentó levantarse pero no se movió; gruesas correas lo sujetaban firmemente a la cama de hospital.
Tendrían que creerle, serían olímpicamente estúpidos si no lo hacían. Abasteció los pulmones y se dispuso a continuar donde se había quedado.
−Lo sé, usted mató a una mujer, no grite.
Carlos Cortés estuvo a punto de atragantarse con su propio aire −si tal cosa fuera posible− y apretó los puños. La cabeza le daba vueltas y había tras sus ojos un par de punzadas palpitantes que le predispusieron una migraña.
−Y bien, señor Cortés ¿cómo se llamaba la difunta?− preguntó sin ganas.
Algo en la cabeza de esa famosa doctora, esperaba oír una buena historia, con algo de tétrico y oscuro, deseaba que él fuera uno de “sus favoritos”.
−La maté…
Se miraron largamente, ella lo estudió a fondo para revelarse a sí misma el veredicto final.
El hombre no mentía; llevaba labrada la verdad en la solemnidad de su escueta frase. Sonrió.
− ¿A quién? –susurró con el atisbo de mueca aún dibujado.
−Se llamaba Dulce Amor –el tono casi alegre impreso en la declaración alertó los sentidos de la doctora.
Desechó el sentimiento de aprensión y recobró su cotidiano y ácido registro facial, aunque se abstuvo de mirarlo a los ojos el resto de la entrevista.
− ¿Apellidos?
−Nunca lo supe −ladeó la cabeza calculando las palabras−. Siempre he tenido problemas con los apellidos, preferí no saber…
La doctora se sorprendió un poco al conocer la historia los primeros días, pero al cabo de unas cuantas sesiones estuvo bien segura.
¡Por fin estaba lidiando con un verdadero asesino! Le había descrito todo tan detalladamente que llegó a imaginarlo, una vez incluso sintió el olor de la sangre, las manos se aferraban al borde de la cama de hospital y Carlos parecía no acabar de hablar nunca.
Le contó como Dulce Amor se había retorcido en el sitio donde había caído hasta que se secó su garanta, se acabaron sus gritos y los ojos se le tiñeron de algo parecido a un vidrio líquido; o cuando le habló de la mancha de sangre en la pared y la alfombra, de cómo brotaba, se disolvía con el oxígeno y pasaba de un rojo oscuro hasta un marrón seco…
El hombre la había fascinado. ¡De verdad tenía algo podrido en su mente!
Pero aún quedaba un cabo suelto: ¿cómo era posible que la policía no investigara a fondo, cómo podían seguir negándose tremenda verdad? ¡Negligencia!
Arrugaba la frente tan solo de pensarlo.
No quería que un asesino serial en potencia se escapara, y si ella podía ayudar a evitarlo, lo haría a cualquier precio. Otra vez la misma sonrisa-mueca.
- - -
A ni uno solo de sus colegas se le habría ocurrido pensar que algo estaba fuera de regla. La mejor y más famosa doctora de la institución escoltaba a uno de sus pacientes fuera de las instalaciones de la clínica; la orden de alta estaba firmada y la receta de calmantes y antidepresivos surtida. Ya casi nadie recordaba demasiado la primera y única escena de Carlos Cortés, montada el mismo día de su llegada.
Gajes de oficio.
Llegaron a casa de Carlos, era la única manera de creerle del todo, ver la evidencia.
El miedo siempre había estado al final de su lista de sentimientos disponibles, y ahora que se veía frente a él, no podía negarlo, le estaba gustando ese miedo; se estaba deformando en una clase rara de adrenalina provocada. El hombre había matado a Dulce Amor quien sabe cuantos días atrás y solo ella contaba con esa maravillosa verdad.
Las llaves tintinearon en las manos nerviosas de Carlos antes de que éste y su temblor, pudieran concentrarse en la ranura asimétrica de la puerta.
La casa olía terrible: algo seco y a la vez mojado, fácilmente podría haber sido el aire aislado y respirado durante varios días por cosas sin vida.
Carlos siguió caminando delante de ella, como un fiel lazarillo. Cruzaron la cocina, la primera estancia, un pasillo con sus cuartos a ambos lados y al final, justo después del baño, se vislumbró un escritorio resaltando en un cuarto vestido de verde oscuro y caoba.
Y solo en ese instante fue cuando Carlos volteó a mirarla; la euforia contenida se le anexó en la expresión, en la respiración, en la sonrisa que se ensanchaba muy lentamente…tomándose su tiempo, calculando, recordando, imaginando.
Dulce Amor había muerto, es cierto, pero ahora que lo pensaba mejor, fue la opción perfecta, quizá incluso lo mereciera.
La sonrisa llegó a su punto cumbre cuando sobre el escritorio colocó la caja. Un baúl que sin esfuerzo podría contener una cabeza y quizá un par de brazos…o una pierna.
La electricidad que sentía en todo el brazo aferró −aún más fuerte− sus dedos entorno al cuchillo hurtado que le acompañaba desde la cocina. Ni siquiera se molestó en esconderlo, y ante los ojos de la nueva víctima, le descargó una puñalada mortal en el pecho.
El grito ahogado y la sangre que ganaba terreno marcando nuevos límites anárquicos, fueron los únicos testigos oculares de la muerte de Carlos Cortés a manos de la doctora.
Todo había terminado. Carlos había robado la vida a Dulce Amor, pero ahora él estaba muerto y ya no podría lastimar a nadie más. La doctora estaba satisfecha.
Al segundo siguiente la mujer se situó frente al baúl abierto, manoseando el contenido. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, desapareció todo la locura que se había anidado en su cabeza desde conocerlo y por primera vez aterrada, grito y se echó a temblar arrodillada junto a Carlos, sobre su sangre. El contenido del baúl yacía en su propio regazo, intacto.
Una pila de hojas blancas escritas a mano.
Cuando desesperada encontró la última hoja, leyó en voz alta.
“…de pronto y sin más, Dulce Amor estaba muerta…”
Los temblores de su cuerpo cambiaron, se le estaba formando una regurgitarte carcajada dentro del cuerpo, las manos dejaron de temblar y sin poder contenerse más, la risa le brotó sincera, exponencial e histérica.
− ¡Un libro, un libro! ¡¡¡Carlos Cortés me hablaba de un libro!!!
Y por fin, libremente, la locura.
¡Ella podía ayudar a Dulce Amor, la haría vivir de nuevo, no le costaría trabajo!
Si, sí, lo haría por Carlos Cortés que había sido de entre todos, su paciente favorito.
Fin.
agosto 20, 2009
Lluvia sin más
*/A mi nuevo amigo. Porque lee todo, sabe escuchar y también porque poco a poco aprende a hablar. Ah, y por una frase en especial./*
"Vamos, vamos, ¿qué me pasa?¿O es que nada me pasa?" pensaba él cada vez.
Las cosas no van siempre de acuerdo a como queremos que ocurran, aveces simplemtne tienen sus propios planes y les importa un pepino si nos viene bien o no.
Pero ante todo eso, ¿porqué el chico se sentía fuera de su vida?, si es de suponer -porque todos lo dicen- que cada quien es dueño de su propia vida, que cada persona toma sus decisiones y escoge su propio estado de ánimo.
Se miró los zapatos y siguió caminando, el cabello castaño le caía por la frente y las manos le acompañaban como resignadas hechas un puño dentro de los bolsillos de la mezclilla.
Quizá pasaba que esperaba algo que parecía no existir, pero ¿porqué era que no entendía el origen de esa indiferencia?, de la falta de ánimo, de la soledad...
Las cosas se le antojaban sin sabor, sin ganas, sin nada, ese seguía siendo el problema. Nada de nada.
Llenó los pulmones de un aire salino, casi húmedo, templado; miró un par de segundos el cielo morado. Desechó una vez mas esa maraña de pensamientos abrumadores y vacíos y los dejó salir en un suspiro largo que lo dejó vacío a sí mismo.
¿Tenia frio?
No existía tal cosa esa noche, era una noche tibia; pero sí, era algo como frio lo que le rodedaba el alma.
Siguió arrastrando los pies y mirando el concreto; otra gente corria, platicaba o caminaba cerca de él, pero si los escuchaba acaso, eso no podría saberse.
El sonido de las olas le llegaba vagamente. Y se detuvo a pensar en el mar. Una inmensa masa de agua menos densa de lo normal.
Ocurría que el mar era un buen tema de investigación, de admiración, de poesías, de canciones, de polémica incluso.
Se preguntó por un momento si el inconveniente de vivir a unos cuantos palmos del mar era que de pronto era tan simple tenerlo cerca, que parecía perder el encanto.
Sí, eso ocurría, las cosas a su alrededor perdian el encanto ante sus ojos, como el mar...monocromático, deslúcido, dévil.
-Como el mar- dijo en voz baja y suspiró nuevamente.
Los colores no brillaban tanto, ni el frio o el calor era tan importante, la musica no significaba nada, la rutina raspaba la felicidad...la gente se olvidaba de los amigos cuando conocían nueva gente y los amigos perdían gente que habían creído amigos.
De pronto sin darse cuenta, su cara estaba escurriendo...se miró la ropa; el tono teal de su camiseta había cobrado un matíz oscuro.
Al levantar la cara al cielo y retirar el cabello pegado y mojado de la frente, cerró los ojos y sonrió.
Y allí se quedó, sin pensar una sola cosa. Con la mente tan en blanco, como la idea de una historia nueva sin escribir.
El cielo se razgaba por momentoas a base de electricidad y luz en forma de relámpagos.
La tormenta probablemente inundaría las calles, eso siempre pasaba en latitudes tan a nivel del mar.
Y ese pensamiento fue el primero que le vino a la cabeza, no podía evitarlo, solía racionalizar su ambiente, así estaba cómodo, conociendo lo que le rodeaba y controlándolo de cierta forma. Aún cuando por control entendiera, explicarlo simplemente.
Su sonrisa se exteriorizó en una risa suave que se extendió más y más. El ruido del agua era tan fuerte que no escuchó su propia voz. Eso mismo le dió otra idea que le hizo reir con mas ganas. ¿Y si cantaba, escucharía su voz?
Había que poner en práctica la teoría, y así continuó su recorrido, cantando a todo pulmón sin poder escucharse, solo sentía el sonido en la vibración de la garganta.
Ya no había ni un solo centímetro de su cuerpo que no estuviera empapado.
Le causó cierto placer ver a la demás gente corriendo a refugiarse en sus coches o en donde podía, los imaginó maldiciendo por lo bajo, regañando a los niños que mataban por estar en su lugar, bajo la llúvia, como él; riñendo entre quién había olvidado la sombrilla y quién había dejado las ventanas abiertas en casa...
De pronto ya no había nadie, todos se habían librado de la bendición de la lluvia...lluvia sin más.
Se quedó solo, el mundo se había escapado de esa gloriosa sensación que lo estaba embriagando, disfrutó como nunca el estar a solas.
El muchacho era nadie más que el rey del mundo y en ese momento, quien hubiera dicho lo contrario, mentía.
No pudo evitar pensar en esa chica rara, quizá tuviera un poquito de razón con eso de la lluvia. Sonrió para ella, a la distancia.
Y de la nada lo supo.
Ironicamente el frio se había ido, ironicamente la vida le supo a sal y a agua y a olas chocando con un muro y a zapatos mojados y a charcos y a cielo nublado y a estrellas detrás de ese cielo y a grandeza y a infinito.
La vida le supo a vida.
//-Hasta donde te conosco te considero una persona maravillosa, eres como lo mas sincero que me rodea.
noviembre 23, 2008
Ojos grises

Viktto miraba de reojo la sangre que escurría de la burda mesa de madera hasta el mármol blanco del suelo; pero también la sentía, porque entre sus dedos que oprimían el trozo de hígado aún caliente, escurría un fluido rojizo en apariencia más espeso que la sangre.
El escueto y ralo brillo en sus ojos reflejaba aquella piel reventada que se desboronaba a pedazos bajo la presión de sus rodillas.
A pesar de todo, la parte sana de su cabeza que aún quedaba -si tal cosa fuese posible- ordenaba a su cuerpo que debía reaccionar fisicamente, que debía sufrir, que su corazón debía bombear adrenalina con la potencia de un zumbido, que el sudor debería brotar de cada centímetro de piel, que era necesario que temblara de pies a cabeza, que quizá podía arrepentirse y salvar su alma humana.
Pero no ocurría nada de eso, el único indicio de que su envidia había concluido en asesinato era que la fuerte mandíbula se divisaba ligeramente fuera de su lugar, dándole un aspecto agresivo, estúpido, casi neandertal.
Había envidiado los ojos grises de su vecino desde el día en que éste se había mudado a la casa del frente; había deseado ser el dueño de aquella mirada que aturdía delíricamente a las mujeres y que se ganaba a los hombres, pero sobre todo, deseaba el color metálico de acero frío de aquellas pupilas.
Lo había matado y se hallaba a horcadas sobre él, ambos sobre la mesa de su ya no tan impecable cocina, aprisionando en la mano izquierda un trozo de su hígado y manipulando en la derecha una vieja lámina oxidada de serrucho, y solo ahora comenzaba a sentirse satisfecho.
Pero la tarea no había terminado.
Su enfermizo placer llegó al éxtasis cuando con todo el cuidado del mundo, usando una sola mano y apoyando el codo en el pecho inerte del difunto vecino, traspasó la suave carne del párpado derecho, siguiendo la línea periférica de la cuenca ocular.
Con movimientos por primera vez inseguros, Viktto dejó la parte de órgano y la burda herramienta a cada lado de la cabeza y fueron ahora sus huesudos dedos las palancas. Sumergió índice, medio y pulgar entorno a la esfera sanguinolenta y la extrajo con movimientos milimétricos. El grotesco sonido de succión que se produjo hubiera tumbado a cualquiera, pero no a él, porque estaba por tener lo único que había deseado con verdadero fervor en la vida, con un auténtico fervor esquizofrénico, asesino.
Repitió la operación con el mismo cuidado y colocó los globos oculares sin reventar sobre la superficie lubricada con sangre del propio dueño...y ahora venía la mejor parte; tenía que actuar rápido y de una vez, antes de que la frescura se perdiera entre la muerte del cuerpo.
Cerca de su pié había dejado las tijeras.
Con un objeto punzo cortante como extensión en cada una de sus manos y con un brillo casi lujurioso en los ojos negros sin gracia, se apuñaló doblemente a sí mismo con un movimiento igual e invertido.
Se desplomó entre convulsiones sobre el cadáver; los berridos ensordecedores que atronaban desde el fondo de su garganta se confundían entre arcadas, saliva y sangre. Retorcía las piernas y el torso histéricamente en sus últimos momentos.
Cuando las convulsiones se transformaron en débiles espasmos y los desgarradores gritos en un largo y bajo gemido, y cuando estaba a un par de segundos de esfumarse su vida, alcanzó su más preciado tesoro.
Se encasquetó sus nuevos ojos grises y ese fue el fin.
Algún tiempo después el hedor putrefacto del par de cuerpos en descomposición atraería a la policía y a la prensa amarillista, que tendría noticia de primera plana por varios meses, luego, al pasar de los años el suceso de un desequilibrado mental se transfiguraría en la leyenda de un asesino serial y después de eso, se contarían historias a los hijos durante generaciones; historias en donde Viktto, el desgarrador de cuerpos, el caníbal, el asesino, el hombre que arranca los ojos a los niños que no obedecen se habría convertido inmortal...
Y lo peor de todo fue que el pobre Viktto nunca llegó a enterarse de que nadie nunca pudo admirar sus ojos grises, porque las grises pupilas se dirigieron desde el comienzo en su nuevo destino, al interior de su cabeza.
noviembre 20, 2008
Lecciones de tránsito
Se acomodó la mochila en la espalda y se remangó las mangas de la chamarra, al momento siguiente se agachó sobre su pié izquierdo para amarrar las agujetas.
Cuando volvió a levantar la vista, se le dilataron las pupilas del susto, en su corazón hubo un destello de taquicardia y en menos de medio segundo se le difundió una racha de adrenalina por todo el cuerpo.
Pero el automóvil frenó justo a tiempo.
No alcanzó ni a rozar al perro grande y desgreñado que se revolcaba haciendo cabriolas y rascándose a mitad de la calle, sin percatarse del peligro.
Ella no le quitó la vista de encima ni un momento, el animal caminaba indeciso y al mismo tiempo totalmente quitado de pena; andaba hacia atrás y adelante, medio esquivando los autos y éstos medio esquivándolo a él.
La transitada avenida no se iba a detener por un perro callejero que parecía tener dotes de falso héroe, o mejor dicho, de suicida.
Pero ella no podía hacer nada, miraba nerviosa el semáforo que brillaba en verde y que daba la impresión de que no cambiaría nunca, de pronto se dio cuenta de que mantenía el puño aferrando una de las gastadas correas de la mochila, relajó la mano y a los pocos segundos el tráfico redujo la velocidad hasta detenerse del todo; el semáforo había cambiado del breve ámbar al rojo.
Era su turno de pasar, pero ahora el temerario perro había retornado sobre sus pasos y regresado a su inicio, cerca de la muchacha.
Ella cruzó aún mirándolo y a la mitad de la calle chocó la palma de la mano dos veces seguidas contra su pierna llamando al despistado animal, pero éste no comprendió lo que a ella le pareció lo más obvio del mundo.
Se encontró con los azulosos ojos del cuadrúpedo justo cuando lo miraba desde el camellón, y entonces sí que entendió. Caminó orgullosamente con la cabeza levantada y la lengua colgando por un costado del hocico, haciendo gala de sus cuatro patas flacuchas que lo transportaban con un curioso y desgarbado trote a saltitos.
Una vez lado a lado, la chica confirmó la ruta y cruzaron juntos la segunda parte de avenida, el perro había comprendido bien la idea, pero ahora no seguía a la muchacha, sino que caminaba elegantemente junto a ella.
Lo lograron, ¡estaban del otro lado!
Y el pulgoso y sucio perrazo seguía siendo eso y no una mancha despeluchada de sangre y huesos embarrada sobre el asfalto.
La chica cambió de hombro la mochila y en la mano que quedó libre a su costado sintió algo húmedo y baboso, era el perro que primero la tocó levemente con la nariz y luego le lamió de lleno la mano, ella como respuesta le acarició la larga nariz hasta la frente con el dedo índice. El can movió la cola efusivamente un par de veces y le dedicó una gran sonrisa —o eso le pareció a ella — enseñando todos los dientes y colmillos y una vez más, la lengua desbordada por un lado.
El curioso espécimen de mechones negros y marrones siguió su propio camino y la chica continuó derecho hacia su casa, con la certeza de que el travieso callejero había aprendido y que la próxima vez, esperaría ver andar a alguna otra persona, para poder caminar a saltitos junto a ella.
octubre 17, 2007
Cinco veces viernes
"Por él y para él, cuando solo ocupaba mi corazón, mucho antes de ser dueño de él."
...Cinco veces viernes...
¡Que terrible semana!...siempre pensé que los viernes eran excelentes, creo que todo el mundo lo piensa.
Viernes, último día de la semana laboral.
Viernes es no lamentar al día siguiente, la hora de dormir.
Viernes es desactivar el despertador y no tener que odiarlo.
Por eso y por muchas otras interminables excusas, nunca pensé que diría que ya no soporto otro viernes más.
Una semana completa siendo viernes…locura para el más cuerdo.
Lunes- viernes
Primer día de la semana y último a la vez.
Todo iba normal, entrada a las 8 de la mañana, clase tras clase, pero una extraña sensación de que algo estaba incompleto, como si algo faltara.
Pensé que algo de mi pesar era estar arrastrando un“bueno, vamos, sí quiero”, que no quería haber pronunciado, fue dicho por pura insolencia o falta de poder pronunciar la común negación.
Más de una vez durante el día me sorprendí de los comentarios de mis compañeros.
Y me sorprendió su cara de sorpresa al ver mi reacción cada vez que alguno mencionaba juntas las palabras…hoy y lunes.
Fue pura suerte que llevara el material para la última clase de ese día.
Era inexplicable que inconscientemente lo haya tomado en la mañana y lo hubiera traído a la escuela, porque yo estaba segura de que los viernes no era necesario llevarlo. Que raro.
Martes- viernes
Nuevo día, nuevo viernes semanal.
Todo normal hasta que otra vez resonó por allí una voz que mencionaba algo así como: “No sabía que los martes hiciera tanto calor”
Pensé que me volvía loca, según mi fallido sentido de orientación respecto al tiempo todo indicaba que el último lunes había pasado hace milenios, estaba tan olvidado en mi mente, que ya era viernes.
Una nueva invitación (anticipadamente agradable y aceptada de buena gana a excepción de una ya existente por cumplir, hipócritamente aceptada), tuve irremediablemente que negarme, a mi pesar.
Cuando recordaba lo ilógico que era sentirme en un día incorrecto, caía en la cuenta de que quizás intervenía el reciente cambio en el horario: el famoso horario de verano, que aunque sinceramente me gusta más, es molesto al principio.
Pero después del primer cambio de conversación con cualquier interlocutor de mi día, lo olvidaba por completo y otra vez era viernes.
Miércoles- viernes.
Por fin, viernes…NO, quise decir miércoles.
Lo olvidé… ¿pero que digo?, lo he estado olvidando los viernes pasados…no, perdón, los días pasados.
Ya estaba comenzando a exasperarme de entrar y salir de mi semana real y de la irreal.
Les conté mi extraña sensación a mis dos mejores amigos. Se los conté por separado y en esos periodos cuando salía del viernes y entraba al miércoles.
Solo este par de tipos no me iban a creer loca de atar cuando les hablara de la última cosa más rara que me había pasado y digo que no me creerían loca, porque ese era el principal aspecto por el que me conocían y querían; Mi locura, rareza y excentricidad.
También ellos están un poco locos, pero confío en ellos sin dudarlo.
Tomaron mi comentario sin mucho afán, sin darle demasiada importancia…no me alteró el hecho, porque yo en su lugar hubiera actuado igual.
A uno de mis dos amigos (el que me prestó más atención ese día) le conté también la razón por la que me negué a la petición de todos respecto a la comida. Creo que le cayó en gracia. Pasamos por varios temas, hasta que llegamos a la conclusión de que no había suficiente confianza (que tristeza) para hablar del pasado. (No quiso hablarme de él y su vida en el pasado, obviamente cierto punto que no conocía yo más que vagamente).
Argumentó vergüenza, que loco.
Más tarde, en mi casa me avisaron indirectamente (me enteré yo solita) que había algo que para mi suerte ocuparía mi tiempo, el viernes, el día de mi acongojante pendiente.
Traté de cancelar o más bien, por cortesía cambiar de planes a unos más accesibles.
Jueves- viernes
Este fue el peor de los viernes anteriores porque ya en mi actual letargo estaba tan segura de mis ideas que de no haber sido por no se que, no habría ido a la escuela al día siguiente, el viernes.
Fue donde más veces entré y salí del falso viernes. Seguía sin comprenderlo, sentía que algo estaba incompleto, que algo había olvidado o dejado sin terminar.
Esa es la peor sensación de todas, como un vació imposible de satisfacer, como tener un algo por hacer, que al no saber cual es, no puede dejar de ser un pesar.
De alguna manera estaba harta, cansada, molesta, alterada, hiperactiva.
Después de la cancelación imprevista del compromiso que me permitía cancelar el mío, no tuve otra opción que hablar para alegar el nuevo cambio de planes, pero no lo hice, esperé la respuesta a mi ocurrencia de “plan accesible”…obtuve una rotunda negación y una promesa de conversación a una hora en particular del sábado…al menos sabía la hora y el día exactos para apagar el celular.
Eso aminoró mi inexplicable mal genio. Me sentí un poco más libre.
Pero igualmente atrapada en mi interminable viernes.
Viernes- odiado viernes
Llegué muy temprano, a la s 8 como, aunque los viernes es una hora muy temprana para entrar, según mi horario.
Llegue a las 8 porque, por fin, después de toda la semana y más, mi proyecto estaba terminado y me tenía más contenta, emocionada y feliz que cualquier otra cosa, aunque dando vueltas por toda la escuela.
Cuando hable con mi amigo, le conté de mi proyecto terminado y él me contó con emoción de la visita de su hermana; Al menos él tenía forma de saber con certeza el día en que estaba.
Como sin quererlo, abordé otro tema.
—Se que trajiste lo que te pedí, no te quise preguntar ni recordar, porque se que están en tu mochila.
—Ha, lo das por hecho… ¿he? —tono de sarcasmo nervioso aunado a risa.
—Sí, es obvio que los trajiste, te los pedí durante toda la semana —dije yo, sabiendo que ocurría lo contrario.
—No creí que lo decías enserio —recitado con algo de una leve preocupación, culpa y pesar.
—Mira, yo no me olvido de lo que prometo —dije al momento de alcanzarle tres películas.
Imagino que lo hice sentir un poco de más culpable que antes.
Yo no actuaba sinceramente, no estaba enojada, de hecho, estaba divirtiéndome un poco por su reacción, ya había previsto su olvido, pero no niego que tuve una leve esperanza.
—No te enojes, discúlpame en serio —dijo él, y continúo con ademanes, tratando de convencerme —lo que pasa es que todavía no creo que mañana ya no vengo.
Le presté atención enserio.
— ¿Ves?...eso es lo que te estuve diciendo el otro día…he vivido un viernes toda la semana, no creo que hoy es el último día, es como si desde el lunes quisiera y no quisiera que empezaran las vacaciones.
—Yo estoy igual.
Silencio durante segundos.
— ¿Vamos afuera?
—Bueno.
Y ya estando en la banca del edificio, mi amigo sacó un álbum de fotos que NO había olvidado, (aunque yo si olvidé el tema), no pudo hablarme de su pasado y yo había tomado el detalle como una dolorosisíma falta de confianza que nunca había existido, pero todo cambiaba, porque me lo estaba mostrando.
Ahora si le perdoné por su completo descuido y olvido de mis discos.
Todos se fueron poco a poco, todos al mismo lugar.
A la invitación a comer que en un principio no pude aceptar por un previo compromiso, pero que después estando libre del compromiso, tampoco pude aceptar por la escasez de tiempo.
Me despedí de mi otro mejor amigo, que estaba más distraído por la comida que por darse cuenta que no nos veríamos en dos semanas. Lo comprendí, pero no lo acepte.
Ya no había nadie en el edificio.
Solo quedábamos mi amigo y yo, y por algún rincón estaba mi hermano impaciente por salir de la escuela.
Platicamos de nada durante mucho tiempo ( Como cada día, esperar a que el tiempo pase, solo así, con las personas por las que mentiría en mi contra).
Como aplazando el momento de despedirnos.
Ahora entendí el pendiente y la sensación de no terminar algo.
Entendí que viví un viernes cinco veces durante la misma semana por la extraña ansiedad de querer y no querer que llegaran las vacaciones.
Tener ganas de estar “libre” y tener ganas de no salir de mi agradable rutina.
Los minutos pasaron rápido.
Un sonido de su celular, una plática corta.
Nos levantamos y nos fuimos de la escuela, a la salida nos despedimos.
Cada uno tomó su rumbo.
Una extraña nostalgia innecesaria se apoderó de mi final de viernes escolar…el solo pensar que tendría que esperar dos semanas, largas y quizás aburridas.
Pensé que debería empezar a preocuparme el lunes o incluso el domingo en la noche, porque ese era el periodo normal de no ir a la escuela, mientras tanto podía imaginar que no eran vacaciones…pero no, ya se me estaba haciendo eterno todo.
¡Que terrible semana!...siempre pensé que los viernes eran excelentes, después de esto….simplemente ya no quise opinar.
Hoy es sábado, gracias al cielo el día cambio. Acabó el martirio.
Gracias a que olvide parcialmente que eran vacaciones, pude disfrutar de una buena comida en familia.
Aunque secretamente me compliqué la existencia con el mismo pesar de algo pendiente.
Ya fuera del ambiente escolar, pude sentir sincera alegría por las vacaciones.
Ya estaba feliz por saber que mañana sería domingo, iría a ver un buen estreno al cine y al siguiente día, lunes, podría dormir más de lo rutinario y comenzar a preocuparme por la tarea imposible de matemáticas.
Ya todo estaba acoplándose a mi estado post- semana-viernes, todo incluyendo que mi cuerpo se acostumbraba al horario de verano.
Ya muy entrada la noche, repentinamente, mi celular vibró tenuemente indicándome que había llegado un nuevo mensaje.
Presioné una tecla para leerlo, decía simplemente.
— ¡Demonios es sábado y ya te extraño!
Provenía de mi amigo.
No puedo negar dos cosas:
1.- Me encantó que alguien me dijera que me extrañaba en tan poco tiempo.
2.- Me mata de la risa que mi amigo, al ser tan sincero conmigo haya dejado al descubierto un detalle: sus vacaciones serían mucho más largas que las mías, porque ahora el que repetiría su día durante mucho tiempo sería él.
Se repetiría su Lunes una y otra vez, hasta que llegara el verdadero lunes donde nos veríamos otra ver.
¡¡No quiero imaginar cuando terminemos la prepa!!
septiembre 07, 2007
Personajes incidentales
Pagó la cena dejando una propina generosa a un mesero desatento a quien sin embargo dijo gracias con una sonrisa.
Elisa era una de tantas personas que caminan cada día muy rápido con los pensamientos disueltos en dos grandes grupos: pendientes por cumplir y cuentas que pagar.
Pero el día anterior, un encuentro extraño con un extraño cambió ligeramente su visión y ahora de regreso a casa, con el cabello ondeando libre al viento, recordó eso que ya de por sí no olvidaría nunca.
Extenuada de trabajo y preocupaciones, caminaba por un parque cuando tropezó y cayó sentada en la hierba verde. Una riza ajena delató a un muchacho esbelto de grandes ojos y lentes cuadrados; tendría unos dieciséis años, apenas diez menos que ella.
Él muchacho encajaba perfectamente con el opuesto exacto en su ánimo; exasperada hasta las venas y con la paciencia corrompida por un chiquillo impertinente.
Gritó con amargura mientras él solo tendía su mano para ayudarla, gesto que ella repelió secamente.
Elisa nunca notó el momento justo, pero estaba enterada que no era la misma de siempre, ahora vivía disgustada, de mala gana y molesta por todo y por nada en especial.
—Discúlpame pero, ¿puedo decirte algo? —Preguntó en ese entonces el chico—, lo que sea, no importa qué, hazlo con gusto.
Llegó al pórtico del edificio en que vivía, miró con placer el firmamento nocturno y pensó en el joven, que con un par de palabras había renovado su carácter.
Pasaron muchos meses desde lo ocurrido y Elisa se esforzaba por ser optimista, pero el esfuerzo siempre cansa y el cansancio tiende a afectar el espíritu y marcar distancia.
Problemas nuevos la preocupaban cuando un sábado muy temprano, saliendo de una cafetería con su humeante capuchino, se topó con una mujer, en cuya edad se reconoció a sí misma; pálida, protegida del frío con una gruesa gabardina negra, los brazos cruzados sobre el pecho y el semblante abatido, sin poder contener un llanto constante y silencioso.
Se vieron de frente unos segundos.
— ¿Estás bien?—preguntó Elisa.
—La verdad es que no—respondió la mujer después de una pausa.
Sincera franqueza de una desconocida, suficiente para decidirse a preguntar.
— ¿Quieres hablar? —cuestionó tímida y conmovida.
—Lo entendí de la manera difícil, pero es justamente eso— respondió dibujando una sonrisa ligera que iluminó asombrosamente su mirada.
—Disculpa, pero no entiendo —expuso Elisa— ¿qué es lo justo?
—Puedes confiar, porque hay personas que no te dejan sola— sin decir más se marchó.
Elisa quedó allí parada, con la boca ligeramente abierta y el corazón palpitando muy rápido. Se había distanciado de sus amigos por la equívoca ocurrencia de no hacerlos partícipes en sus tontos problemas.
Detalles sencillos pueden liberar pensamientos no pensados; porque los grandes cambios se dan en pequeños instantes.
La clave está en adaptarse y seguir.
Sacó el celular de su bolso, cerró los ojos y recordó el número que no había guardado en el aparato para nunca olvidar de su memoria, lo marcó enseguida y a pesar del tiempo recibió un saludo que anunció la cercanía de siempre y la presencia de su amiga para escuchar tonterías.
Porque eso son los amigos, piedras angulares siempre firmes, compañía confiable cuesta arriba.
Sobra decir lo libre que se sintió en adelante, porque una vez compartido el peso, la presión disminuía facilitando el pasar fácil por un momento difícil.
Transcurrió un largo año en el que poco a poco recobraba matices de su personalidad auténtica y rescataba del abandono su contagioso carisma.
Elisa entró al establecimiento acordado y pidió una bebida para esperar a su colega, quien le hablaría como siempre y sin fallo, de trabajo.
Había un hombre sentado cerca, calculó tendría unos cincuenta y cinco años; vestía un traje negro muy elegante, una camisa azul oscuro y para enmarcar aún más su porte, una corbata que combinaba perfectamente y el cabello estilizado totalmente blanco.
Algo impedía quitarle la vista de encima, sus ojos fríos parecían decir a quien los mirara que poco valía respirar o dejar de hacerlo, porque el mundo mismo era poca cosa.
—Señor, disculpe ¿se encuentra bien? —habló ella, quebrando de raíz su costumbre de no ser la primera palabra de una conversación.
Él la miró. El contacto concluyó a los escasos segundos, cuando se alejó lentamente a su silla un poco asustada, vació de un trago lo que quedaba en su vaso y se arrepintió sinceramente de su movimiento. Quedó claro, no deseaba compañía.
Salió a toda prisa del establecimiento sin ganas de seguir esperando.
— ¡Señorita! —gritaron desde el interior del bar.
Con la prisa había descuidado su bolsa.
La sorpresa fue descubrir que la voz de alerta era la del mismo hombre. Notó el radical cambio de actitud: serio pero amable, atento.
—Gracias —pronunció apenas.
—Que la justicia siempre mueva tu mundo para que la indiferencia no mueva el de los demás—dijo el señor con un brillo enérgico en la mirada.
Estaba desorientada, algo raro pasaba. Había intentado entablar una charla con él, cuando minutos antes sentado a dos asientos de ella con la barbilla sostenida en una mano, la vista fija en su copa y sin parpadear ni moverse, había respondido mirándola con desprecio. ¡Y ahora se respaldaba hablando de justicia!
Tomó la bolsa y se fue, a los pocos pasos volvió la mirada y sacudió la cabeza bruscamente de un lado a otro, como queriendo borrar algo de su pensamiento, sin dudar más siguió adelante, con un nuevo consejo en que pensar. Pero, por un momento habría jurado que lo que vio en ese último vistazo fue al tipo, sentado en la barra y con la actitud primera, arrogante y altanera, como si nunca hubiera cambiado de postura siquiera.
Hay ocasiones que es más cómodo dudar de los ojos que intentar desentrañar el problema; con las personas hay algo semejante, se les juzga y se cree comprenderlas, cuando lo único necesario es aceptarlas.
Ella se fue sin más.
Cuando el sol iluminó por completo el cielo del día siguiente, Elisa acababa de entrar al elevador del edificio, no pudo evitar dejar caer la montaña de papeles que cargaba, su expresión fue de completo asombro.
Dentro había tres personas más: un muchacho, una mujer y un señor.
La miraban desconcertados. Pronto el chico y la mujer se acercaron a ayudarla.
El muchacho tenía el ceño fruncido, se notaba enfadado y no dijo nada; mientras que la mujer sonreía más de lo creíble, simulando tal vez lo que no sentía y hablaba con frases amistosas que Elisa no escuchaba, pues estaba absorta en recuerdos e impresiones.
El hombre mientras tanto se mantenía en su sitio sin demostrar interés, con la mirada aburrida como si estuviera solo.
Elisa tomó el material mecánicamente y no pudo quedarse callada.
—Cambiaron mi vida— dijo más para sí que para ellos.
Obtuvo como respuesta tres miradas escépticas y escrutadoras.
—Quizá me recuerden —dijo sin pasar por alto la forma en que la miraban.
— ¡Yo los conozco…los vi una vez! —Exclamó desesperada — ¿Y usted señor? Fue apenas ayer.
Continuó su monólogo, comenzando a dudar de su propia cordura, además se veían tan diferentes a la imagen que recordaba.
—Tú me hablaste de alegría, de sobreponerla a todo, tú mencionaste la confianza, en la gente, en los amigos —respiraba desigualmente, sus latidos eran precipitados y se sintió impotente, nadie parecía entender una palabra— ¡Usted habló de dejar de lado la indiferencia para vivir con justicia!
Provocó que ahora el singular trío mantuviera los ojos muy abiertos, no llegó a notar que, acaso por casualidad u otra variante, pero había acertado tres veces.
Su cabeza trabajaba a toda marcha, las ideas se arremolinaban pronosticando una fuerte migraña. Salió del ascensor contrariada, sintiéndose mareada, inútil y avergonzada.
Las caras de desconcierto y temor que tenía de frente no ayudaban.
Nunca esperó que a los diez pasos escasos de su retirada, el muchacho la llamaría tocando su hombro para agradecerle muy animado, ni que la mujer estrecharía su mano mirándola con una gratitud fortaleciente y mucho menos que el señor se despidiera con un ligero movimiento y una sonrisa solemne.
Su expresión cambió una vez más, la certidumbre de apacible satisfacción tranquilizó su corazón y por primera vez en mucho tiempo se sintió realmente feliz.
Sin forma lógica ni intención de explicarlo, sintió que su alma saldó una cuenta triple.
Hay periodos donde se dejan las manos al mando de la inercia para que mediante un extraño lenguaje de garabatos sin aparente sentido y con ayuda de algún lápiz, se rellenen hojas de un contenido especial que surge del inconsciente, periodos cuando se deja de parpadear teniendo los ojos fijos en ningún lugar, no se escucha a quien habla ni se responde a quien pregunta; son todos lapsos de reflexión involuntaria que dividen el alma trasportándola a un ambiente paralelo donde actúa libre, sin trabas ni prejuicios.
Quizá fue allí cuando se topó de frente con el subconsciente incorpóreo de ellos, un reflejo andante que “actuaba” su propio cambio.
Así fue como Elisa apareció una sola vez en la vida de tres desconocidos, dejando cierta huella en forma de consejo que mencionaba algo acerca de alegría, confianza y justicia.
A veces atraviesan el camino de otra gente para luego seguir con el propio.
Podríamos llamarlos simplemente personajes incidentales.