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noviembre 26, 2016

Desde la cocina de Mario

//A Landy, sólo a ella

Cuando la luz comenzó a colorear el mundo la mañana del miércoles, Mario seguía muy despierto, desvelado pero feliz. No pudo dormir en toda noche y ningún pensamiento ocupó tanto sus sueños –los sueños que se sueñan sin estar dormido– como el concurso, haber sido elegido. Cuando Mario salía de casa se sentaba un momento cerca de la puerta a esperar a su mamá, la acompañaba a dejar a su hermanita a una guardería en donde aceptaban bebés y luego caminaban juntos rumbo a la escuela. Cada día, mientras esperaba, Mario observaba el mar y allí comenzaba todo de nuevo. Pero durante ese joven miércoles, él seguía en la cama, aún era muy temprano para ir a la escuela, su mamá dormía en el otro cuarto y probablemente su hermana también. Al fin  se levantó sin hacer ruido y desde la ventana de la cocina miró la posibilidad de un gran día: el sol se movía lentamente para asomarse y salir por el mar que tanto le gustaba ver. No había olas a lo lejos y daba la impresión de que el agua no se movía ni un centímetro, parecía que cualquier niño pudiera tomar su bicicleta y pedalear hasta llegar al sol, el agua no era agua esos días, era una gran plancha de cemento plateado. Justo así le gustaba el mar y ese día podía ser muy especial, sobre todo ahora que lo habían elegido como uno de los finalistas en el concurso de poesía, ¡habían elegido uno de sus poemas! Trató de recordar cómo había empezado todo y decidió que fue aquella primera mañana de cuarto año, con el nuevo maestro de español –el suplente que a todos les caía bien– quien le repartió a cada niño dos hojas de papel reciclado. En la primera –les dijo– está escrito un poema diferente para cada uno; en la segunda ustedes deben escribir el suyo. Cuando más tarde le contó a su mamá del poema seleccionado, ella lo abrazó y le dijo lo que le decía siempre: Mario, mi niño, que orgullosa mamá tienes Mario. Y él se sentía radiante, sentía que podía cuidarla a ella y a su hermanita aunque fuera flaco y bajito.
Pero el buen día cambió drásticamente unas horas más tarde. Mario estaba inquieto esperando con otros tres estudiantes (todos mayores que él) en la oficina de la directora, casi había olvidado la felicidad de la mañana y el abrazo de mamá y todo lo alegre de sus pensamientos; lo único que no podía olvidar es lo cansado que se sentía por no haber dormido en toda la noche, ni siquiera el recuerdo de las estrellas servía de algo. Tenía un miedo terrible, además del cansancio y los nervios. Nadie le dijo que los ganadores leerían sus poemas en voz alta frente a otros estudiantes y en una escuela distinta. Mario se sentía diferente, él sabía que los demás niños eran buenos en cosas que él no podía hacer muy bien: no era buen jugador de futbol, no sabía nadar, le daba un poco de miedo hablar con personas a quienes casi no conocía y definitivamente no le gustaba la idea de leer en público y en voz alta.  Dejó de escuchar a la directora, ya no entendía ninguno de los detalles.
Esa tarde en casa no pudo dormir a pesar de estar agotado, estaba tan triste y desanimado que poco importaba ser un elegido ganador, tenía mucho miedo de leer su poema (¿Y si a nadie le gustaba? ¿Y si se burlaban de él?), deseó incluso que nada hubiera pasado, deseó que el mar se secara y que el sol no siguiera saliendo cada mañana por su horizonte; ellos también eran culpables de todo, cuántas palabras bonitas nacían como música cuando él miraba por la ventana de la cocina, cuántas cosas “le obligaban” a escribir… y todos los colores maravillosos y la luz brillante que cubría y reflejaba todo. No habló de nada con su mamá, ni siquiera jugó con su hermana esa tarde cuando llegaron a casa, comió muy poco y se fue a su cuarto. Cinco minutos después de acostarse se quedó dormido y casi al instante comenzó a soñar, pero no fueron buenos sueños, sino terribles pesadillas. Soñó con hombres que disparaban y con bombas que rompían la tierra, soñó que lo encerraban en un lugar sin ventanas y nadie venía a ayudarlo. Las noches y los días del resto de la semana tampoco vinieron en su ayuda y a pesar de ello, el día de la lectura en voz alta llegó.
Mario siempre fue el más pequeño de su salón, sin embargo, ahora no sólo era físicamente su tamaño lo que destacaba; tenía casi once y poco valían si se comparaban con los quince cumplidos del mayor de los concursantes. Mario temblaba ligeramente, miró -casi sin voltear la cabeza- el reloj de pulsera rojo de la chica que leería antes que él: tres cuarenta de la tarde, faltaban veinte minutos para que mamá fuera por Melisa a la guardería (ojalá no tardara mucho, no le gustaba que su hermana estuviera allí más tiempo del necesario) y faltaban los mismos veinte minutos para su turno, leería su mejor poema, el más hermoso de ellos. ¡Pero había tanta gente! Le habían dicho que era un concurso importante, su mamá había firmado el permiso para ir a otra escuela con el resto de sus compañeros, pero le habría encantado que pudiera escuchar el poema y estar allí. Le gustaba la poesía cada vez más y se daba cuenta de que mejoraba con la práctica, ya no podía dejar de escribir sus poemas; las palabras se acomodaban y hacían melodías en su cabeza y luego, sólo tenía que escribirlas, contarlas al aire, o a quien quisiera escucharle, o a nadie. Pero, ¿por qué no le habían explicado cuánta gente estaría allí para escucharlo? ¿Por qué nadie le dijo que no importaba si no tenía un bonito reloj rojo en la muñeca? ¿Por qué nunca lo convencieron para entender que él también podía ganar? Ojalá su maestro suplente estuviera allí, él lo conocía y seguramente aplaudiría. Su turno. Mario Sánchez (tan solo Sánchez) con su poema “La Esperanza”. Tres pasos al frente para acercarse al micrófono. Sus zapatos no sonaban bien, sonaban a zapatos viejos y un poco rotos, el auditorio era tan grande, como poner cien veces su casa allí dentro. Cerró y abrió los ojos lentamente, llenó sus pulmones de aire y…nada. El silencio más largo del mundo y la garganta cerrada, no salían los sonidos. Mario nunca estuvo tan asustado como en ese momento, todos lo miraban y esperaban. Cerró los ojos otra vez y así se quedó un momento, recordando; esa mañana su mamá lo abrazó dos veces y volvió a repetirle al oído las mismas palabras “Mario, mi niño, tienes una mamá muy orgullosa Mario”, lo dijo como lo decía siempre, con mucha verdad, ella no mentía, ni siquiera cuando le confesó que tenía miedo. Respiró profundamente, como si el aire pudiera curar todo el miedo del mundo, abrió los ojos y comenzó a leer:

                                       …Desde el mar de mi cocina,
                            donde comienza la vida…

Terminó la lectura. Sus manos que apretaban el poema seguían temblando, cuando levantó la vista y miró al público el silencio se rompió en mil aplausos, el niño imaginó que la ovación duraría para siempre. Su cara no podía dejar de sonreír y él no intentó hacerlo.

Mario era un niño inteligente, sabía que no tenía tanto dinero como otros compañeros de la escuela, ni siquiera tenía una bicicleta, sabía también que su casa no era grande y que sus zapatos nunca eran tan nuevos como a veces deseaba; sabía muy bien que su mamá trabajaba muchas muchísimas horas y que no podría estar con él siempre que leyera un poema; entendía que no tenía un papá a la mano,  y que no conocía a abuelos o tíos que lo consintieran (o por lo menos que cuidaran a la bebé), pero nada de eso le importaba porque un día lo entendió todo. Su casa tenía la mejor ventana del mundo porque si salía por allí podía cruzar el océano entero; a veces, encontraba personas que lo ayudaban tanto como habría hecho un tío favorito, justo como aquel maestro de español que le enseñó la música de las palabras. Y lo más importante de todo, el trabajo de mamá quedaba al sur de la ciudad y su primaria al norte, ella caminaba con él cada mañana aunque luego tuviera que volver por el camino para ir al trabajo; ella siempre le decía la verdad y le hacía saber lo orgullosa que se sentía. Pero no sólo eran las palabras, Mario veía en los ojos de su madre las verdades de las que hablaba. Antes de vivir los tres solos, Mario pensaba que no había otra manera de que su hermanita tuviera un papá, por eso soportaba los gritos. El día en que su mamá se enteró –enojada como nunca la había visto– dejó al papá de Meli. Y aquella vez, luego de abrazarlo, le explicó que nadie debía gritarle, ni hacerlo sentir mal. El día que Mario lo entendió se dio cuenta que estaba lleno de palabras y supo que tener una bicicleta, realmente no era lo más importante que podía tenerse en la vida. 

El primer cuento



Toda la culpa es de mi hermano. Me acuerdo que era julio porque casi iba a cumplir siete. Y ya tengo siete y medio. Me dio un regalo, dijo que como yo ya iba a ser un adulto tenía que empezar a leer cuentos. Le contesté muy enojado que había leído millones. Mentí. Me explicó que el primer cuento siempre tiene magia. Todos dormían cuando lo abrí y con una lamparita comencé a leer. En la mañana me despertó una mordida en la nariz. Cuando me puse mis lentes encontré una gotita de sangre. ¡No pude ni gritar! Junto a mí había un conejito gris. Desde ese día cada vez que me da hipo escupo uno o dos conejitos, a veces hasta tres. Ya no duermo en mi cuarto. Si me quedara adentro de la casa, en algún hipo nocturno escupiría tantos conejitos que nos quedaríamos sin aire. Duermo en el jardín, así cuando ellos nacen pueden masticar las plantas de mi mamá. Mis conejitos son muy inteligentes, aprendieron a hacer torres para abrir el refri y comerse las lechugas. Mi papá dice que puedo solucionar la hambruna mundial. Tan sólo de pensarlo me da un hipo tremendo y los escupo en avalanchas. Ya no como cosas que piquen y siempre uso suéter. ¡Es peligroso tener hipo tan seguido! Pero gracias a tu idea tal vez me cure. Busqué mucho y ya escogí otro cuento. Se llama Axolotl, no sé lo que significa, pero lo escribió el mismo hombre. Debe ser un buen cuento.


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abril 24, 2012

Sí, por favor más café


//¡Al infinito...y más allá!

Desviando un poco del mundo la mirada, me volví sobre mis manos que tomaban la taza blanca por la orejilla. Busqué el fondo por buscar algo…el fondo de aquello aún no era visible. Humeante brebaje guardado en un material que adquiría el mismo calor. Un café: líquido, claro. En algún punto dejó de simplemente existir llamándose café de desayuno y fue más. Ya no era café, eran tus ojos y su suave profundo claro-oscuro. Con la mirada clavada allí no dejé de sentir el resto de todo lo presente. Rumores de hombres. Los percibí hablando de viajes. La esposa de piel blanca, voz armónica y tonos de pueblo que se reforzaban con sus visitas a la mesa. La madera reinaba en un pueblo de manteles, estatuillas y cristales. ¿Libros? Ninguno. De manos viejas con suaves venas azulosas debajo. Cabellos grises en todos los tonos. La esposa. “…pero hay detallitos que deben arreglarle al carro.”
El dueño de casa, la barba porosa, áspera, que cubre toda su cara, cara de toda sonrisa, el gris matizado también se reprodujo en algún punto de su vida. Un hombre pasivo de pura sonrisa, sonrisa en labios y sonrisa en ojos…ademanes de manos duras, secas. Ojos azules acuosos, irreal, azul reciclado, opaco, mohoso. Contaba de aquel viaje que haría con la esposa, la mujer del mandil sobre la ropa que también era mandil. Faltaba poco para jubilarse, la pauta justa para iniciarlo.
El café cambiaba el universo a cada sorbo, un café bueno como fluir de agua, diluvio en sueños y agua de color, mezcla profunda del más allá de la cafeína. Los rumores, la voz y los ademanes se diluían igual que un trago más en la garganta, dos tragos, tres…cinco…la taza sobre la mesa, la mesa llena de vetas, silencio; me supe bebiendo  tus ojos, el líquido entibió mi cuerpo y también tú estabas allí.
Abre la puerta, orillado en carretera. El narrador está detrás de ellos, estoy yo,  mirándolos. Abre la puerta, orillado en carretera. Colores cálidos por todas partes, tierra caliente, árboles verdes que son más cafés que verdes, color de desierto. Una autopista vacía, azul el cielo y blancas sus nubes.
Él sale del auto y se recarga en el coche, que es gris y que brilla. Ella también desciende del vehículo y lo rodea.
Y tú estás ahí. Un sueño tan lejano,  tanto tiempo en distancia que llega de pronto. Y tú estás ahí. Se acerca a él y él la abraza. Yo los veo a los dos desde otro lugar paradójico, los observo y él tiene tu rostro, no lo entiendo.  Eres tú pero aún no lo eres (si cabe tal afirmación), es por eso que te veo y te reconozco aunque no hay detalles en ti, hay un velo precioso de ambigüedad, eres un hombre. Siempre lo has sido pero ya no eres un muchacho.
Una pareja, solos, la besa y ella corresponde, lo besa. No con pasión efímera de jóvenes que se queman de ganas por arrancarse la ropa; con sublime amor de adultos que miran en la vida una oportunidad instantánea de reinventar y reconstruir un amor adolescente; como el primer sorbo del mejor y más aromático vino embriagante, una cosecha infinita.
Un beso con sabor a vino y sol y arena caliente y trigo y mar y aceitunas y días de muertos.
Las manos juntas, cuando te separas de su boca es cuando te reconozco del todo.
Tu cabello largo (un largo sobrio y revuelto); una lucha muy tuya de exigirle a tu fisionomía de niño los años merecidos. La barba. “Tú le tienes más fe a esta barba que yo” le dijiste hacía tanto tiempo, justo antes de su sonrisa haciéndote sonreír a ti.
Era la misma barba, barba deforestación, barba desierto; a fuerza de darle gusto –con los años− le habías invertido tú mismo fe al asunto.
Y la sonrisa también. Jamás cambiaría, ahora, mirándote desde estos ojos, sabía que la sonrisa de muchacho que visita la casa ajena, que saluda al padre de la muchacha que bromea siempre (que bromea con el padre y que bromea contigo) se quedaría allí junto a la barba para el resto de tu tiempo en esta vida. Hombre de sonrisa y barba…hombre de universo.
No me hizo falta verlo, yo entendí qué había en el asiento trasero del auto gris (mientras, debo decirlo (porque casi sentía palpitar mi corazón de verlo), tú permaneciste mirándola con ojos cafés de café de agua de color, con la mirada que lleva tu nombre), había mucho dinero invertido en esa cámara fotográfica.
Sentí todo lo que no hizo falta que viera, todo tu equipo de hombre de arte y su equipo de mujer de arte. Y papeles en desorden compartido, coche de dos.
Te abrazó y con la cabeza ladeada (recargada en tu hombro, con los brazos rodeándote el cuello, con el cabello estorbando tu frente, con su corazón palpitando en tu pecho, con su vida en tu vida, con la punta de los pies tocando la punta de tus pies), cerró los ojos. Latía fuerte, yo sentí en mi pecho su latir, no hizo falta llegar a ustedes y ponerle mi mano en el cuerpo, sobre el corazón. Su eco resonaba en mi sangre a golpe y golpe  y golpe sordo...
Todo el ambiente, toda la historia, tu historia bailaba en mi paladar y me hacía sentir su sabor.
La perplejidad se me atoró en el cuerpo, un matiz estoico me cubrió… y allí me quedé atontada, mirando la tierra que era fértil a su modo, mirando el asfalto que era muy tierno a su modo y mirándola a ella abrazarte; ella que también era muy hermosa a su modo, y a ti con una mano en su espalda. Y mirando tus ojos mirar el cielo. A ti que fuiste al momento una gloriosa escultura, muy muy a tu modo. Y nació una paradoja muy a mi modo y nadó entre trazos grises tomando forma…muy, muy a mi modo.
Los ruidos normales que ya eran extraños, volaban y me arrastraban de vuelta, venía siendo doloroso volver.
El estómago lleno, el olor, el frio, las manos azuladas, los cabellos grisáceos, las demás presencias, metal y porcelana, risas cortas, trivialidades de mesa.
¡No! Yo debía volver… y tal vez por el puro deseo, volví.
Entonces me enteré. Viajabas con ella, viajaban para viajar, no para llegar a un lugar. Claro está que tenían un destino, pero más que eso tenían una ruta. El camino era lo importante.
Simplemente un viaje, andaban para observar, para que tú tomaras tus fotografías, para ella disfrutar con verte tomarlas y dibujarte tomándolas. Y para estar juntos.
Aún estaban allí parados, no se habían movido un ápice, sin embargo yo entendí cada detalle que antes pasé por alto del viaje que hacías con ella. El calor los abrazaba como a mí, tú te olvidaste del tiempo (justo como yo), no prisas, no dudas. Yo pedí un deseo: mirarte por siempre en la eternidad de éste instante, verte tan eterno como fuera tu eterno viaje.
− ¿Más café?
Mano azul empuñando la jarra de cristal de café caliente. Silencio. Ojos recorriendo el brazo, el torso, el cuello, la barbilla, nariz…y al fin los ojos.
“No”
−No gracias.
No había nada correcto en pedir más de aquel líquido. El viaje, tu viaje pulsaba en los costados de la cabeza. Antes hubo una seguridad, antes supe quién era aquella mujer que te acompañó. Antes conocí a quien te guiaría y seguiría a partes iguales. Antes…no dudé de cómo te amó.
Ahora simplemente sabía que esa mujer te amaba, y más allá de una duda era un deseo bien planteado. El deseo de seguir mirando, quizá desde algún otro ángulo, aquel viaje tuyo.

El corazón palpitaba al compás de los costados de la cabeza y de la memoria, no acepté más café… se había terminado. Café de ojos de agua de color.  Paradójicamente la última gota venía a ser el principio del círculo. La única constante en este tiempo y el otro fuiste siempre tú; y probablemente la garganta de quien te miró todo este y aquel tiempo que no ha ocurrido.

enero 09, 2012

Adios al circo


En la misma banca de tablones, mirando el cielo azul claro a través del mentón de ella (que también miraba el cielo), recostado en sus piernas. Siempre igual, a pesar del transcurrir del tiempo. Su mundo solo cambiaba de lugar, no en sí mismo. Los mismos destellos en los ojos, la misma sonrisa ella, el mismo gesto él. Como si no hubiera ocurrido, todo asemejaba la noche anterior. Las tiernas atenciones y las pláticas infinitas, el clima, la vaporosa tarde que olía como cada tarde: a dulce, a lodo, tal vez un poco a sal y mantequilla, y por supuesto a soledad.
En su caso, llanto incontenible. Apenas un par de metros atrás, lo había dejado sentado en su banca improvisada de cada vez y tenía la certeza de que la distancia era mucho más que ese par de metros; hacía tiempo que ya no se veía reflejada en sus ojos, en su lugar había un nuevo lugar …no quedaba espacio para ella. Terminó de alimentar a la hermosa yegua preñada y escondió en su cuello las lágrimas que no acabarían el resto de la noche, el suave relincho del animal sofocaba de a poco su voz.
Los cachorros rugían a lo lejos, eran el gran milagro de los noticieros y el nuevo corazón que bombeaba esperanza. Y ellos permanecían unidos en una mirada; los ojos de él se enrojecieron y sin que llegara a escaparse una sola lágrima, se inundaron. Entendió que ella entendía, la relación se había terminado. Se levantó y se fue, lo dejó solo; en ese instante se cerró el trato.
La luna llena festejaba el éxito de la nueva gira y bañaba con su reflejo una banca de tablones improvisada, mientras un hombre alto y una mujer morena se miraban intensamente a los ojos durante una eternidad…o un parpadeo, ella intuyó sus palabras y las de él. Y se imaginó en la escena que acababa de inventar.
−Ya no queda nada.
−No juegues –risa.
−Desde hace mucho, no justo ahora.
Silencio -no más risa- comprendió que no bromeaba.
En la misma banca de tablones, mirando el cielo azul claro a través del mentón de ella (que también miraba el cielo), recostado en sus piernas. No había más que hablar. Los sonidos del mundo comenzaron a cobrar fuerza y les obligaron a aterrizar. Los cascabeles de un par de payasos a medio maquillar, choque de metales y rechinar de los mismos, el crujiente continuo del elefante al mascar, relinchos y un único balido joven, las charlas alegres de principio de temporada. Se levantó y le tendió la mano.
Caminaron lentamente, juntos, como postergando los pasos; el autobús apareció a lo lejos. Se miraron a la cara una última vez, se reducía la distancia, ya estaba cerca. Levantó el brazo formando un ángulo agudo con el suelo. Se besaron en la boca aunque ninguno lo pensó previamente. Fue aquel beso el tributo a los mejores años, los años gloriosos. Él subió y el transporte lo sacó de allí para siempre, no volvieron a verse.
No volteó ni la miró. Aunque se imaginó volteando, mirándola y decidió también, imaginar que le dedicaba unas cuantas palabras, una promesa infinita.
−Hasta mañana mi amor, soñaré con tu historia.


Fin

abril 14, 2010

Una mirada hacia el futuro



//Para tí. Por dibujarme un mundo nuevo y llenar de colores el otro.

−Dime más, anda.
Estiró la mano un poco hacia atrás y tomó la de él. Entrelazaron los dedos.
−Pues todo funciona a base de una energía que fluye por las ciudades, es plasma sabes, alguien al fin logró potencializar la energía del sol y transformarla en plasma.
−Hmm…debe ser peligroso.
Saúl recorrió el índice por la frente de la chica, alisando la arruga que se había formado.
−Pues claro tonta, el plasma es peligroso.
Joseline sonrió.
− ¿Ahora de qué te ríes Joss?
−De ti obviamente.
Por supuesto que no era verdad. Saúl dejó de mirarla pero también sonrió.
− ¿Sabes de qué color es?
− ¿Qué cosa?
−Pues el plasma. ¡La energía de las ciudades!
Saúl recogió la pierna que tenía libre; cuidadosamente desató el nudo de dedos entrelazados y con el apoyo de ambos brazos se recargó para atrás, mirando el cielo.
−Color teal.
−Me parece que ya vas entendiendo, sí que es teal.
Joss giró los ojos en un gesto de fingido desespero.
−Que loco eres.
−A la mejor es que yo también voy aprendiendo.
Silencio.
− ¿El qué? ¿Aprendiendo qué cosa?
−El plasma obviamente ¿hablamos de eso o no?
Estiró sus manos y alcanzó su barbilla, atrayéndolo hacia ella.
−Saúl…mentiroso, dime, ¿estás aprendiendo qué?
− ¿Puedo besarte tonta?
Joseline volvió a sonreír.
−Ajá.
Saúl se inclinó bastante y dejó que ella guiara con sus manos, la cara hacia sus labios. Luego él volvió a echar los brazos atrás, recargar la cabeza sobre los hombros y mirar el cielo.
−Voy aprendiendo de ti esa locura.
−Ah, eso.
−Sí, eso.
Echó la mano una vez más hacia atrás. Saúl recargó todo su peso en un solo brazo y volvió a entrelazar sus dedos con ella.
− ¿Y luego?
−El aire acabó por limpiarse del todo y como la madera ya no se utiliza, ¿recuerdas la madera sintética que se logró fabricar con tierra, algunos químicos y agua salada?, los árboles crecen, por eso se limpió el aire.
− ¿Sin árboles cómo hacen papel entonces? La madera sintética no sirve para eso.
La mano libre se recargó sobre el pecho de Saúl, distraídamente el dorso sentía su corazón. Ritmo y frecuencia.
− ¡Pero qué preguntas son esas Jossy!
− ¿Me quieres cachorro de hombre?
−A veces nada más.
−Mentiroso mentiroso.
La voz le sonó a susurro.
− ¿Qué hay de la gravedad Saúl?
−Pues bien, obviamente es una fuerza que no se puede evitar, pero ya sabes, el magnetismo se usa ahora verdaderamente como se debe. Los campos magnéticos ahorran la energía y facilitan la vida.
Saúl se movió un poco y Joseline se levantó. Cuando cambió de posición y cruzó las piernas, ella volvió a recostarse.
−A veces te quiero, todas las demás veces te amo tonta.
− ¡Lo sabía!
−Jossy, ¿te conté de las naves?
−Es tu parte favorita.
−Como sea. Las naves transportan a las personas de una ciudad a otra, pero principalmente se usan para llevar a la gente a la tierra, porque ya sabes que todas las ciudades son flotantes…
−Lo sé hombre, lo sé.
−Toda la tierra quedó para los animales, las especies se regeneran y restablecen el equilibrio natural, claro que las personas van de visita siempre que quieren ver los bosques y demás.
Joseline se levantó y volteó sobre su hombro a mirarlo, extrañada.
− ¿Ya nadie vive en la tierra verdad? ¿Por qué eso?
−Ya te digo que solo es para visitas.
−Pero por qué.
Saúl sonrió, encantado por la insistencia.
−Un día decidieron que era lo mejor, por eso las ciudades están flotando sobre el mar y los acantilados, los humanos ya no intervienen en nada, se reivindicaron, ¿recuerdas? Solo visitan para maravillarse del resultado.
−Mjú. Me agrada eso de la nueva y mejorada idiosincrasia también. Ya era hora de que las personas dejaran de pensar en sí mismos solamente.
Jossy, sentada a su lado, recargaba la barbilla en su hombro y le rodeaba el cuello con el brazo. Saúl acariciaba la mano de ese brazo.
−La luna también está poblada ahora ¿verdad?
Saúl abrió los ojos alarmado. Ella levantó una ceja.
− ¡Pero por supuesto que no!
−Que raro eres.
−Jossy, mi amor, tonta, la luna la dejaron para los poetas y compositores.
− ¡Cierto! Como el mar.
−Exacto, para que todo el tiempo pudieran escribirse poemas y canciones, nada más, ya nadie vive en la luna y el mar.
Joss lo besó en la boca y luego se alejó un poco.
−Te amo Saúl.
Silencio pleno, dulce, compartido.
−Me amas.
− ¡Pues claro que sí aluminio mal reciclado!
El corazón del chico palpitó fuerte.
−Oye tú, ¿y todo eso es bonito?
Saúl la miró fijamente unos segundos. Se puso de pié, se sacudió un poco y dirigió ambas manos hacia ella. Le ayudó a levantarse. La chica lo abrazó por un costado con ambos brazos y Saúl a ella con un solo brazo en su espalda.
− ¿Lista mujer?
−Sí señor.
Con la mano libre Saúl cerró los párpados de Joss, a la vez que él mismo cerraba sus ojos y luego estiraba la mano hacia el horizonte.
El barranco empedrado y terroso que era el lugar en que estaban parados, en aquella montaña fuera de sitio, se transformó bajo sus pies en un acantilado.
Y luego de pronto todas esas ciudades, y el plasma visible entre las estructuras metálicas y los elevadores, todos los mecanismos magnéticos, las naves cortando el aire y…
− ¿Lo ves mi Joss?
−Sí.
Silencio, suspiro.
− ¿Y bien?
− ¡Es maravilloso Saúl!
La abrazó con más fuerza, cariñosamente, mientras ella acomodaba la cabeza en su pecho, muy cerca de su cuello. La cara levantada dirigiendo las palabras a su oído.
−Como tú.
Él besó su cabello y se quedó allí, recargado en ella, aún con los ojos cerrados. Sonriendo. Sonreía ante esa mirada del futuro que había dibujado para ella. Para los dos.

septiembre 07, 2009

Confesión por escrito


--> − ¡Nadie entiende! ¡Nadie entiende, yo la maté, la maté!− gritaba el desgraciado.
Dos enfermeros del hospital psiquiátrico lo mantenían imposibilitado, usaban toda su fuerza y solo así conseguían retenerlo pegado de cara al piso, con los brazos retorcidos tras su espalda.
− ¡Tengo pruebas, yo la maté! –su garganta parecía a punto de ceder, los alaridos atronadores que brotaban desde su estómago amenazaban desgarrar las cuerdas vocales. Sus ojos casi se salían de las órbitas por el esfuerzo.
Los objetos impecables de la blanca estancia comenzaron a menguar; parpadeaban por momentos, se desdibujaban, las líneas de sus contornos vibraban ligeramente para difuminarse poco a poco. Los sedantes surtían efecto, lo enviaban a alguna parte de su inconsciente, desde donde aún podía imaginarla tirada sin vida, embarrada en su propia sangre.

−Inmediatamente doctora, la dosis normal, despertará en media hora. Nos dio algunos problemas y no dejaba de gritar que había matado a una mujer.
− ¿Qué dicen las autoridades?
−Solo lo retuvieron durante unos veinte minutos, pensaron que no estaba bien de la cabeza y lo trasladaron enseguida; venía esposado e inconsciente.
La mujer no se detuvo un solo segundo mientras entrevistaba al enfermero, el hombre caminaba medio paso detrás de ella relatándole los pormenores.
− ¿Cómo lo hizo?
El enfermero se detuvo y ella no pudo menos que notarlo y mirarlo un poco fastidiada.
−No mató a nadie −afirmó haciendo un gesto de hombros y de palmas extendidas–. No hay pruebas, no hay personas desaparecidas, no existe la mujer que él nombra, no hay crimen por ningún lado.
La doctora miró a su interlocutor sin verlo, como si más bien éste se interpusiera en su línea de vista. Se permitió por unos momentos un gesto de desconcierto y enseguida enfocó la mirada, cambió el saco de un brazo a otro y se mostró exasperada.
−Bien doctora, no la interrumpo más, el paciente se designó al doctor R…
−No, asígnelo a mis pacientes, gracias.
El hombre permaneció plantado tal como estaba, escuchando los taconazos alejarse; primero sobre un mármol durísimo y posteriormente sobre un tramo de duela pulida. Al final de su recorrido diario –como para sellar el conjuro– la vieja bruja le acomodó el acostumbrado golpe a su puerta.

Aceleró el paso a modo de nivelarlo a su habitual ritmo sin interrupciones, sin un Héctor hablando hasta por los codos. Caminaba rápido y mirando de frente; las puertas de ambos lados del pasillo se confabulaban en su mente para contribuir a simular un ejemplo pasable del efecto Doppler.
La placa rezaba: “Hospital de análisis y salud mental. Directora general…”
Ni siquiera la miró. Azotó la puerta de su oficina.
Hizo algunas llamadas: un cirujano, una trabajadora social y algún otro sin importancia. Aburrido, aburrido, aburrido.
Leyó el nuevo expediente.
Carlos Cortés, sin antecedentes penales, sin previas consultas psiquiátricas, sin familia ni enfermedades genéticas hereditarias, aparentemente sano, aparentemente inocente, aún cuando él afirmara –a berridos− lo contrario.
Le gustaba la psiquiatría a un nivel criminal. Lidiar con las mentes que además de enfermas, tenían algo de retorcido y peligroso.
Y definitivamente Carlos Cortés prometía.

Al abrir los ojos e ir retomando conciencia de su situación, Carlos Cortés intentó levantarse pero no se movió; gruesas correas lo sujetaban firmemente a la cama de hospital.
Tendrían que creerle, serían olímpicamente estúpidos si no lo hacían. Abasteció los pulmones y se dispuso a continuar donde se había quedado.
−Lo sé, usted mató a una mujer, no grite.
Carlos Cortés estuvo a punto de atragantarse con su propio aire −si tal cosa fuera posible− y apretó los puños. La cabeza le daba vueltas y había tras sus ojos un par de punzadas palpitantes que le predispusieron una migraña.
−Y bien, señor Cortés ¿cómo se llamaba la difunta?− preguntó sin ganas.
Algo en la cabeza de esa famosa doctora, esperaba oír una buena historia, con algo de tétrico y oscuro, deseaba que él fuera uno de “sus favoritos”.
−La maté…
Se miraron largamente, ella lo estudió a fondo para revelarse a sí misma el veredicto final.
El hombre no mentía; llevaba labrada la verdad en la solemnidad de su escueta frase. Sonrió.
− ¿A quién? –susurró con el atisbo de mueca aún dibujado.
−Se llamaba Dulce Amor –el tono casi alegre impreso en la declaración alertó los sentidos de la doctora.
Desechó el sentimiento de aprensión y recobró su cotidiano y ácido registro facial, aunque se abstuvo de mirarlo a los ojos el resto de la entrevista.
− ¿Apellidos?
−Nunca lo supe −ladeó la cabeza calculando las palabras−. Siempre he tenido problemas con los apellidos, preferí no saber…

La doctora se sorprendió un poco al conocer la historia los primeros días, pero al cabo de unas cuantas sesiones estuvo bien segura.
¡Por fin estaba lidiando con un verdadero asesino! Le había descrito todo tan detalladamente que llegó a imaginarlo, una vez incluso sintió el olor de la sangre, las manos se aferraban al borde de la cama de hospital y Carlos parecía no acabar de hablar nunca.
Le contó como Dulce Amor se había retorcido en el sitio donde había caído hasta que se secó su garanta, se acabaron sus gritos y los ojos se le tiñeron de algo parecido a un vidrio líquido; o cuando le habló de la mancha de sangre en la pared y la alfombra, de cómo brotaba, se disolvía con el oxígeno y pasaba de un rojo oscuro hasta un marrón seco…
El hombre la había fascinado. ¡De verdad tenía algo podrido en su mente!
Pero aún quedaba un cabo suelto: ¿cómo era posible que la policía no investigara a fondo, cómo podían seguir negándose tremenda verdad? ¡Negligencia!
Arrugaba la frente tan solo de pensarlo.
No quería que un asesino serial en potencia se escapara, y si ella podía ayudar a evitarlo, lo haría a cualquier precio. Otra vez la misma sonrisa-mueca.
- - -
A ni uno solo de sus colegas se le habría ocurrido pensar que algo estaba fuera de regla. La mejor y más famosa doctora de la institución escoltaba a uno de sus pacientes fuera de las instalaciones de la clínica; la orden de alta estaba firmada y la receta de calmantes y antidepresivos surtida. Ya casi nadie recordaba demasiado la primera y única escena de Carlos Cortés, montada el mismo día de su llegada.
Gajes de oficio.

Llegaron a casa de Carlos, era la única manera de creerle del todo, ver la evidencia.
El miedo siempre había estado al final de su lista de sentimientos disponibles, y ahora que se veía frente a él, no podía negarlo, le estaba gustando ese miedo; se estaba deformando en una clase rara de adrenalina provocada. El hombre había matado a Dulce Amor quien sabe cuantos días atrás y solo ella contaba con esa maravillosa verdad.
Las llaves tintinearon en las manos nerviosas de Carlos antes de que éste y su temblor, pudieran concentrarse en la ranura asimétrica de la puerta.
La casa olía terrible: algo seco y a la vez mojado, fácilmente podría haber sido el aire aislado y respirado durante varios días por cosas sin vida.
Carlos siguió caminando delante de ella, como un fiel lazarillo. Cruzaron la cocina, la primera estancia, un pasillo con sus cuartos a ambos lados y al final, justo después del baño, se vislumbró un escritorio resaltando en un cuarto vestido de verde oscuro y caoba.
Y solo en ese instante fue cuando Carlos volteó a mirarla; la euforia contenida se le anexó en la expresión, en la respiración, en la sonrisa que se ensanchaba muy lentamente…tomándose su tiempo, calculando, recordando, imaginando.
Dulce Amor había muerto, es cierto, pero ahora que lo pensaba mejor, fue la opción perfecta, quizá incluso lo mereciera.
La sonrisa llegó a su punto cumbre cuando sobre el escritorio colocó la caja. Un baúl que sin esfuerzo podría contener una cabeza y quizá un par de brazos…o una pierna.

La electricidad que sentía en todo el brazo aferró −aún más fuerte− sus dedos entorno al cuchillo hurtado que le acompañaba desde la cocina. Ni siquiera se molestó en esconderlo, y ante los ojos de la nueva víctima, le descargó una puñalada mortal en el pecho.
El grito ahogado y la sangre que ganaba terreno marcando nuevos límites anárquicos, fueron los únicos testigos oculares de la muerte de Carlos Cortés a manos de la doctora.
Todo había terminado. Carlos había robado la vida a Dulce Amor, pero ahora él estaba muerto y ya no podría lastimar a nadie más. La doctora estaba satisfecha.
Al segundo siguiente la mujer se situó frente al baúl abierto, manoseando el contenido. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, desapareció todo la locura que se había anidado en su cabeza desde conocerlo y por primera vez aterrada, grito y se echó a temblar arrodillada junto a Carlos, sobre su sangre. El contenido del baúl yacía en su propio regazo, intacto.
Una pila de hojas blancas escritas a mano.
Cuando desesperada encontró la última hoja, leyó en voz alta.
“…de pronto y sin más, Dulce Amor estaba muerta…”
Los temblores de su cuerpo cambiaron, se le estaba form
ando una regurgitarte carcajada dentro del cuerpo, las manos dejaron de temblar y sin poder contenerse más, la risa le brotó sincera, exponencial e histérica.
− ¡Un libro, un libro! ¡¡¡Carlos Cortés me hablaba de
un libro!!!
Y por fin, libremente, la locura.
¡Ella podía ayudar a Dulce Amor, la haría vivir de nuevo, no le costaría trabajo!
Si, sí, lo haría por Carlos Cortés que había sido
de entre todos, su paciente favorito.
Fin.

agosto 20, 2009

Lluvia sin más




*/A mi nuevo amigo. Porque lee todo, sabe escuchar y también porque poco a poco aprende a hablar. Ah, y por una frase en especial./*


"Vamos, vamos, ¿qué me pasa?¿O es que nada me pasa?" pensaba él cada vez.
Las cosas no van siempre de acuerdo a como queremos que ocurran, aveces simplemtne tienen sus propios planes y les importa un pepino si nos viene bien o no.
Pero ante todo eso, ¿porqué el chico se sentía fuera de su vida?, si es de suponer -porque todos lo dicen- que cada quien es dueño de su propia vida, que cada persona toma sus decisiones y escoge su propio estado de ánimo.
Se miró los zapatos y siguió caminando, el cabello castaño le caía por la frente y las manos le acompañaban como resignadas hechas un puño dentro de los bolsillos de la mezclilla.
Quizá pasaba que esperaba algo que parecía no existir, pero ¿porqué era que no entendía el origen de esa indiferencia?, de la falta de ánimo, de la soledad...
Las cosas se le antojaban sin sabor, sin ganas, sin nada, ese seguía siendo el problema. Nada de nada.
Llenó los pulmones de un aire salino, casi húmedo, templado; miró un par de segundos el cielo morado. Desechó una vez mas esa maraña de pensamientos abrumadores y vacíos y los dejó salir en un suspiro largo que lo dejó vacío a sí mismo.
¿Tenia frio?
No existía tal cosa esa noche, era una noche tibia; pero sí, era algo como frio lo que le rodedaba el alma.
Siguió arrastrando los pies y mirando el concreto; otra gente corria, platicaba o caminaba cerca de él, pero si los escuchaba acaso, eso no podría saberse.
El sonido de las olas le llegaba vagamente. Y se detuvo a pensar en el mar. Una inmensa masa de agua menos densa de lo normal.
Ocurría que el mar era un buen tema de investigación, de admiración, de poesías, de canciones, de polémica incluso.
Se preguntó por un momento si el inconveniente de vivir a unos cuantos palmos del mar era que de pronto era tan simple tenerlo cerca, que parecía perder el encanto.
Sí, eso ocurría, las cosas a su alrededor perdian el encanto ante sus ojos, como el mar...monocromático, deslúcido, dévil.
-Como el mar- dijo en voz baja y suspiró nuevamente.
Los colores no brillaban tanto, ni el frio o el calor era tan importante, la musica no significaba nada, la rutina raspaba la felicidad...la gente se olvidaba de los amigos cuando conocían nueva gente y los amigos perdían gente que habían creído amigos.
De pronto sin darse cuenta, su cara estaba escurriendo...se miró la ropa; el tono teal de su camiseta había cobrado un matíz oscuro.
Al levantar la cara al cielo y retirar el cabello pegado y mojado de la frente, cerró los ojos y sonrió.
Y allí se quedó, sin pensar una sola cosa. Con la mente tan en blanco, como la idea de una historia nueva sin escribir.
El cielo se razgaba por momentoas a base de electricidad y luz en forma de relámpagos.
La tormenta probablemente inundaría las calles, eso siempre pasaba en latitudes tan a nivel del mar.
Y ese pensamiento fue el primero que le vino a la cabeza, no podía evitarlo, solía racionalizar su ambiente, así estaba cómodo, conociendo lo que le rodeaba y controlándolo de cierta forma. Aún cuando por control entendiera, explicarlo simplemente.
Su sonrisa se exteriorizó en una risa suave que se extendió más y más. El ruido del agua era tan fuerte que no escuchó su propia voz. Eso mismo le dió otra idea que le hizo reir con mas ganas. ¿Y si cantaba, escucharía su voz?
Había que poner en práctica la teoría, y así continuó su recorrido, cantando a todo pulmón sin poder escucharse, solo sentía el sonido en la vibración de la garganta.
Ya no había ni un solo centímetro de su cuerpo que no estuviera empapado.
Le causó cierto placer ver a la demás gente corriendo a refugiarse en sus coches o en donde podía, los imaginó maldiciendo por lo bajo, regañando a los niños que mataban por estar en su lugar, bajo la llúvia, como él; riñendo entre quién había olvidado la sombrilla y quién había dejado las ventanas abiertas en casa...
De pronto ya no había nadie, todos se habían librado de la bendición de la lluvia...lluvia sin más.
Se quedó solo, el mundo se había escapado de esa gloriosa sensación que lo estaba embriagando, disfrutó como nunca el estar a solas.
El muchacho era nadie más que el rey del mundo y en ese momento, quien hubiera dicho lo contrario, mentía.
No pudo evitar pensar en esa chica rara, quizá tuviera un poquito de razón con eso de la lluvia. Sonrió para ella, a la distancia.
Y de la nada lo supo.
Ironicamente el frio se había ido, ironicamente la vida le supo a sal y a agua y a olas chocando con un muro y a zapatos mojados y a charcos y a cielo nublado y a estrellas detrás de ese cielo y a grandeza y a infinito.
La vida le supo a vida.


//-Hasta donde te conosco te considero una persona maravillosa, eres como lo mas sincero que me rodea.

noviembre 23, 2008

Ojos grises


Viktto miraba de reojo la sangre que escurría de la burda mesa de madera hasta el mármol blanco del suelo; pero también la sentía, porque entre sus dedos que oprimían el trozo de hígado aún caliente, escurría un fluido rojizo en apariencia más espeso que la sangre.
El escueto y ralo brillo en sus ojos reflejaba aquella piel reventada que se desboronaba a pedazos bajo la presión de sus rodillas.
A pesar de todo, la parte sana de su cabeza que aún quedaba -si tal cosa fuese posible- ordenaba a su cuerpo que debía reaccionar fisicamente, que debía sufrir, que su corazón debía bombear adrenalina con la potencia de un zumbido, que el sudor debería brotar de cada centímetro de piel, que era necesario que temblara de pies a cabeza, que quizá podía arrepentirse y salvar su alma humana.
Pero no ocurría nada de eso, el único indicio de que su envidia había concluido en asesinato era que la fuerte mandíbula se divisaba ligeramente fuera de su lugar, dándole un aspecto agresivo, estúpido, casi neandertal.
Había envidiado los ojos grises de su vecino desde el día en que éste se había mudado a la casa del frente; había deseado ser el dueño de aquella mirada que aturdía delíricamente a las mujeres y que se ganaba a los hombres, pero sobre todo, deseaba el color metálico de acero frío de aquellas pupilas.
Lo había matado y se hallaba a horcadas sobre él, ambos sobre la mesa de su ya no tan impecable cocina, aprisionando en la mano izquierda un trozo de su hígado y manipulando en la derecha una vieja lámina oxidada de serrucho, y solo ahora comenzaba a sentirse satisfecho.
Pero la tarea no había terminado.
Su enfermizo placer llegó al éxtasis cuando con todo el cuidado del mundo, usando una sola mano y apoyando el codo en el pecho inerte del difunto vecino, traspasó la suave carne del párpado derecho, siguiendo la línea periférica de la cuenca ocular.
Con movimientos por primera vez inseguros, Viktto dejó la parte de órgano y la burda herramienta a cada lado de la cabeza y fueron ahora sus huesudos dedos las palancas. Sumergió índice, medio y pulgar entorno a la esfera sanguinolenta y la extrajo con movimientos milimétricos. El grotesco sonido de succión que se produjo hubiera tumbado a cualquiera, pero no a él, porque estaba por tener lo único que había deseado con verdadero fervor en la vida, con un auténtico fervor esquizofrénico, asesino.
Repitió la operación con el mismo cuidado y colocó los globos oculares sin reventar sobre la superficie lubricada con sangre del propio dueño...y ahora venía la mejor parte; tenía que actuar rápido y de una vez, antes de que la frescura se perdiera entre la muerte del cuerpo.
Cerca de su pié había dejado las tijeras.
Con un objeto punzo cortante como extensión en cada una de sus manos y con un brillo casi lujurioso en los ojos negros sin gracia, se apuñaló doblemente a sí mismo con un movimiento igual e invertido.
Se desplomó entre convulsiones sobre el cadáver; los berridos ensordecedores que atronaban desde el fondo de su garganta se confundían entre arcadas, saliva y sangre. Retorcía las piernas y el torso histéricamente en sus últimos momentos.
Cuando las convulsiones se transformaron en débiles espasmos y los desgarradores gritos en un largo y bajo gemido, y cuando estaba a un par de segundos de esfumarse su vida, alcanzó su más preciado tesoro.
Se encasquetó sus nuevos ojos grises y ese fue el fin.
Algún tiempo después el hedor putrefacto del par de cuerpos en descomposición atraería a la policía y a la prensa amarillista, que tendría noticia de primera plana por varios meses, luego, al pasar de los años el suceso de un desequilibrado mental se transfiguraría en la leyenda de un asesino serial y después de eso, se contarían historias a los hijos durante generaciones; historias en donde Viktto, el desgarrador de cuerpos, el caníbal, el asesino, el hombre que arranca los ojos a los niños que no obedecen se habría convertido inmortal...
Y lo peor de todo fue que el pobre Viktto nunca llegó a enterarse de que nadie nunca pudo admirar sus ojos grises, porque las grises pupilas se dirigieron desde el comienzo en su nuevo destino, al interior de su cabeza.

noviembre 20, 2008

Lecciones de tránsito

La chica bajó del camión de un salto.
Se acomodó la mochila en la espalda y se remangó las mangas de la chamarra, al momento siguiente se agachó sobre su pié izquierdo para amarrar las agujetas.
Cuando volvió a levantar la vista, se le dilataron las pupilas del susto, en su corazón hubo un destello de taquicardia y en menos de medio segundo se le difundió una racha de adrenalina por todo el cuerpo.
Pero el automóvil frenó justo a tiempo.
No alcanzó ni a rozar al perro grande y desgreñado que se revolcaba haciendo cabriolas y rascándose a mitad de la calle, sin percatarse del peligro.
Ella no le quitó la vista de encima ni un momento, el animal caminaba indeciso y al mismo tiempo totalmente quitado de pena; andaba hacia atrás y adelante, medio esquivando los autos y éstos medio esquivándolo a él.
La transitada avenida no se iba a detener por un perro callejero que parecía tener dotes de falso héroe, o mejor dicho, de suicida.
Pero ella no podía hacer nada, miraba nerviosa el semáforo que brillaba en verde y que daba la impresión de que no cambiaría nunca, de pronto se dio cuenta de que mantenía el puño aferrando una de las gastadas correas de la mochila, relajó la mano y a los pocos segundos el tráfico redujo la velocidad hasta detenerse del todo; el semáforo había cambiado del breve ámbar al rojo.
Era su turno de pasar, pero ahora el temerario perro había retornado sobre sus pasos y regresado a su inicio, cerca de la muchacha.
Ella cruzó aún mirándolo y a la mitad de la calle chocó la palma de la mano dos veces seguidas contra su pierna llamando al despistado animal, pero éste no comprendió lo que a ella le pareció lo más obvio del mundo.
Se encontró con los azulosos ojos del cuadrúpedo justo cuando lo miraba desde el camellón, y entonces sí que entendió. Caminó orgullosamente con la cabeza levantada y la lengua colgando por un costado del hocico, haciendo gala de sus cuatro patas flacuchas que lo transportaban con un curioso y desgarbado trote a saltitos.
Una vez lado a lado, la chica confirmó la ruta y cruzaron juntos la segunda parte de avenida, el perro había comprendido bien la idea, pero ahora no seguía a la muchacha, sino que caminaba elegantemente junto a ella.
Lo lograron, ¡estaban del otro lado!
Y el pulgoso y sucio perrazo seguía siendo eso y no una mancha despeluchada de sangre y huesos embarrada sobre el asfalto.
La chica cambió de hombro la mochila y en la mano que quedó libre a su costado sintió algo húmedo y baboso, era el perro que primero la tocó levemente con la nariz y luego le lamió de lleno la mano, ella como respuesta le acarició la larga nariz hasta la frente con el dedo índice. El can movió la cola efusivamente un par de veces y le dedicó una gran sonrisa —o eso le pareció a ella — enseñando todos los dientes y colmillos y una vez más, la lengua desbordada por un lado.
El curioso espécimen de mechones negros y marrones siguió su propio camino y la chica continuó derecho hacia su casa, con la certeza de que el travieso callejero había aprendido y que la próxima vez, esperaría ver andar a alguna otra persona, para poder caminar a saltitos junto a ella.

octubre 17, 2007

Cinco veces viernes

/*(Razónes de porqué hasta ahora: 1. Me está destrozando y eso es, al mismo tiempo la única liga, enlace, unión... 2. Darkit (indirectamente) me hizo pensar que he sido impersonal hasta conmigo.) */

"Por él y para él, cuando solo ocupaba mi corazón, mucho antes de ser dueño de él."

...Cinco veces viernes...

¡Que terrible semana!...siempre pensé que los viernes eran excelentes, creo que todo el mundo lo piensa.
Viernes, último día de la semana laboral.
Viernes es no lamentar al día siguiente, la hora de dormir.
Viernes es desactivar el despertador y no tener que odiarlo.
Por eso y por muchas otras interminables excusas, nunca pensé que diría que ya no soporto otro viernes más.
Una semana completa siendo viernes…locura para el más cuerdo.


Lunes- viernes

Primer día de la semana y último a la vez.
Todo iba normal, entrada a las 8 de la mañana, clase tras clase, pero una extraña sensación de que algo estaba incompleto, como si algo faltara.
Pensé que algo de mi pesar era estar arrastrando un“bueno, vamos, sí quiero”, que no quería haber pronunciado, fue dicho por pura insolencia o falta de poder pronunciar la común negación.
Más de una vez durante el día me sorprendí de los comentarios de mis compañeros.
Y me sorprendió su cara de sorpresa al ver mi reacción cada vez que alguno mencionaba juntas las palabras…hoy y lunes.
Fue pura suerte que llevara el material para la última clase de ese día.
Era inexplicable que inconscientemente lo haya tomado en la mañana y lo hubiera traído a la escuela, porque yo estaba segura de que los viernes no era necesario llevarlo. Que raro.


Martes- viernes

Nuevo día, nuevo viernes semanal.
Todo normal hasta que otra vez resonó por allí una voz que mencionaba algo así como: “No sabía que los martes hiciera tanto calor”
Pensé que me volvía loca, según mi fallido sentido de orientación respecto al tiempo todo indicaba que el último lunes había pasado hace milenios, estaba tan olvidado en mi mente, que ya era viernes.
Una nueva invitación (anticipadamente agradable y aceptada de buena gana a excepción de una ya existente por cumplir, hipócritamente aceptada), tuve irremediablemente que negarme, a mi pesar.
Cuando recordaba lo ilógico que era sentirme en un día incorrecto, caía en la cuenta de que quizás intervenía el reciente cambio en el horario: el famoso horario de verano, que aunque sinceramente me gusta más, es molesto al principio.
Pero después del primer cambio de conversación con cualquier interlocutor de mi día, lo olvidaba por completo y otra vez era viernes.


Miércoles- viernes.

Por fin, viernes…NO, quise decir miércoles.
Lo olvidé… ¿pero que digo?, lo he estado olvidando los viernes pasados…no, perdón, los días pasados.
Ya estaba comenzando a exasperarme de entrar y salir de mi semana real y de la irreal.
Les conté mi extraña sensación a mis dos mejores amigos. Se los conté por separado y en esos periodos cuando salía del viernes y entraba al miércoles.
Solo este par de tipos no me iban a creer loca de atar cuando les hablara de la última cosa más rara que me había pasado y digo que no me creerían loca, porque ese era el principal aspecto por el que me conocían y querían; Mi locura, rareza y excentricidad.
También ellos están un poco locos, pero confío en ellos sin dudarlo.
Tomaron mi comentario sin mucho afán, sin darle demasiada importancia…no me alteró el hecho, porque yo en su lugar hubiera actuado igual.
A uno de mis dos amigos (el que me prestó más atención ese día) le conté también la razón por la que me negué a la petición de todos respecto a la comida. Creo que le cayó en gracia. Pasamos por varios temas, hasta que llegamos a la conclusión de que no había suficiente confianza (que tristeza) para hablar del pasado. (No quiso hablarme de él y su vida en el pasado, obviamente cierto punto que no conocía yo más que vagamente).
Argumentó vergüenza, que loco.
Más tarde, en mi casa me avisaron indirectamente (me enteré yo solita) que había algo que para mi suerte ocuparía mi tiempo, el viernes, el día de mi acongojante pendiente.
Traté de cancelar o más bien, por cortesía cambiar de planes a unos más accesibles.


Jueves- viernes

Este fue el peor de los viernes anteriores porque ya en mi actual letargo estaba tan segura de mis ideas que de no haber sido por no se que, no habría ido a la escuela al día siguiente, el viernes.
Fue donde más veces entré y salí del falso viernes. Seguía sin comprenderlo, sentía que algo estaba incompleto, que algo había olvidado o dejado sin terminar.
Esa es la peor sensación de todas, como un vació imposible de satisfacer, como tener un algo por hacer, que al no saber cual es, no puede dejar de ser un pesar.
De alguna manera estaba harta, cansada, molesta, alterada, hiperactiva.
Después de la cancelación imprevista del compromiso que me permitía cancelar el mío, no tuve otra opción que hablar para alegar el nuevo cambio de planes, pero no lo hice, esperé la respuesta a mi ocurrencia de “plan accesible”…obtuve una rotunda negación y una promesa de conversación a una hora en particular del sábado…al menos sabía la hora y el día exactos para apagar el celular.
Eso aminoró mi inexplicable mal genio. Me sentí un poco más libre.
Pero igualmente atrapada en mi interminable viernes.


Viernes- odiado viernes

Llegué muy temprano, a la s 8 como, aunque los viernes es una hora muy temprana para entrar, según mi horario.
Llegue a las 8 porque, por fin, después de toda la semana y más, mi proyecto estaba terminado y me tenía más contenta, emocionada y feliz que cualquier otra cosa, aunque dando vueltas por toda la escuela.
Cuando hable con mi amigo, le conté de mi proyecto terminado y él me contó con emoción de la visita de su hermana; Al menos él tenía forma de saber con certeza el día en que estaba.
Como sin quererlo, abordé otro tema.
—Se que trajiste lo que te pedí, no te quise preguntar ni recordar, porque se que están en tu mochila.
—Ha, lo das por hecho… ¿he? —tono de sarcasmo nervioso aunado a risa.
—Sí, es obvio que los trajiste, te los pedí durante toda la semana —dije yo, sabiendo que ocurría lo contrario.
—No creí que lo decías enserio —recitado con algo de una leve preocupación, culpa y pesar.
—Mira, yo no me olvido de lo que prometo —dije al momento de alcanzarle tres películas.
Imagino que lo hice sentir un poco de más culpable que antes.
Yo no actuaba sinceramente, no estaba enojada, de hecho, estaba divirtiéndome un poco por su reacción, ya había previsto su olvido, pero no niego que tuve una leve esperanza.
—No te enojes, discúlpame en serio —dijo él, y continúo con ademanes, tratando de convencerme —lo que pasa es que todavía no creo que mañana ya no vengo.
Le presté atención enserio.
— ¿Ves?...eso es lo que te estuve diciendo el otro día…he vivido un viernes toda la semana, no creo que hoy es el último día, es como si desde el lunes quisiera y no quisiera que empezaran las vacaciones.
—Yo estoy igual.
Silencio durante segundos.
— ¿Vamos afuera?
—Bueno.
Y ya estando en la banca del edificio, mi amigo sacó un álbum de fotos que NO había olvidado, (aunque yo si olvidé el tema), no pudo hablarme de su pasado y yo había tomado el detalle como una dolorosisíma falta de confianza que nunca había existido, pero todo cambiaba, porque me lo estaba mostrando.
Ahora si le perdoné por su completo descuido y olvido de mis discos.
Todos se fueron poco a poco, todos al mismo lugar.
A la invitación a comer que en un principio no pude aceptar por un previo compromiso, pero que después estando libre del compromiso, tampoco pude aceptar por la escasez de tiempo.
Me despedí de mi otro mejor amigo, que estaba más distraído por la comida que por darse cuenta que no nos veríamos en dos semanas. Lo comprendí, pero no lo acepte.
Ya no había nadie en el edificio.
Solo quedábamos mi amigo y yo, y por algún rincón estaba mi hermano impaciente por salir de la escuela.
Platicamos de nada durante mucho tiempo ( Como cada día, esperar a que el tiempo pase, solo así, con las personas por las que mentiría en mi contra).
Como aplazando el momento de despedirnos.
Ahora entendí el pendiente y la sensación de no terminar algo.
Entendí que viví un viernes cinco veces durante la misma semana por la extraña ansiedad de querer y no querer que llegaran las vacaciones.
Tener ganas de estar “libre” y tener ganas de no salir de mi agradable rutina.
Los minutos pasaron rápido.
Un sonido de su celular, una plática corta.
Nos levantamos y nos fuimos de la escuela, a la salida nos despedimos.
Cada uno tomó su rumbo.
Una extraña nostalgia innecesaria se apoderó de mi final de viernes escolar…el solo pensar que tendría que esperar dos semanas, largas y quizás aburridas.
Pensé que debería empezar a preocuparme el lunes o incluso el domingo en la noche, porque ese era el periodo normal de no ir a la escuela, mientras tanto podía imaginar que no eran vacaciones…pero no, ya se me estaba haciendo eterno todo.

¡Que terrible semana!...siempre pensé que los viernes eran excelentes, después de esto….simplemente ya no quise opinar.

Hoy es sábado, gracias al cielo el día cambio. Acabó el martirio.
Gracias a que olvide parcialmente que eran vacaciones, pude disfrutar de una buena comida en familia.
Aunque secretamente me compliqué la existencia con el mismo pesar de algo pendiente.
Ya fuera del ambiente escolar, pude sentir sincera alegría por las vacaciones.
Ya estaba feliz por saber que mañana sería domingo, iría a ver un buen estreno al cine y al siguiente día, lunes, podría dormir más de lo rutinario y comenzar a preocuparme por la tarea imposible de matemáticas.
Ya todo estaba acoplándose a mi estado post- semana-viernes, todo incluyendo que mi cuerpo se acostumbraba al horario de verano.
Ya muy entrada la noche, repentinamente, mi celular vibró tenuemente indicándome que había llegado un nuevo mensaje.
Presioné una tecla para leerlo, decía simplemente.
— ¡Demonios es sábado y ya te extraño!
Provenía de mi amigo.
No puedo negar dos cosas:
1.- Me encantó que alguien me dijera que me extrañaba en tan poco tiempo.
2.- Me mata de la risa que mi amigo, al ser tan sincero conmigo haya dejado al descubierto un detalle: sus vacaciones serían mucho más largas que las mías, porque ahora el que repetiría su día durante mucho tiempo sería él.
Se repetiría su Lunes una y otra vez, hasta que llegara el verdadero lunes donde nos veríamos otra ver.

¡¡No quiero imaginar cuando terminemos la prepa!!

septiembre 07, 2007

Personajes incidentales

Pagó la cena dejando una propina generosa a un mesero desatento a quien sin embargo dijo gracias con una sonrisa.

Elisa era una de tantas personas que caminan cada día muy rápido con los pensamientos disueltos en dos grandes grupos: pendientes por cumplir y cuentas que pagar.

Pero el día anterior, un encuentro extraño con un extraño cambió ligeramente su visión y ahora de regreso a casa, con el cabello ondeando libre al viento, recordó eso que ya de por sí no olvidaría nunca.

Extenuada de trabajo y preocupaciones, caminaba por un parque cuando tropezó y cayó sentada en la hierba verde. Una riza ajena delató a un muchacho esbelto de grandes ojos y lentes cuadrados; tendría unos dieciséis años, apenas diez menos que ella.

Él muchacho encajaba perfectamente con el opuesto exacto en su ánimo; exasperada hasta las venas y con la paciencia corrompida por un chiquillo impertinente.

Gritó con amargura mientras él solo tendía su mano para ayudarla, gesto que ella repelió secamente.

Elisa nunca notó el momento justo, pero estaba enterada que no era la misma de siempre, ahora vivía disgustada, de mala gana y molesta por todo y por nada en especial.

—Discúlpame pero, ¿puedo decirte algo? —Preguntó en ese entonces el chico—, lo que sea, no importa qué, hazlo con gusto.

Llegó al pórtico del edificio en que vivía, miró con placer el firmamento nocturno y pensó en el joven, que con un par de palabras había renovado su carácter.

Pasaron muchos meses desde lo ocurrido y Elisa se esforzaba por ser optimista, pero el esfuerzo siempre cansa y el cansancio tiende a afectar el espíritu y marcar distancia.

Problemas nuevos la preocupaban cuando un sábado muy temprano, saliendo de una cafetería con su humeante capuchino, se topó con una mujer, en cuya edad se reconoció a sí misma; pálida, protegida del frío con una gruesa gabardina negra, los brazos cruzados sobre el pecho y el semblante abatido, sin poder contener un llanto constante y silencioso.

Se vieron de frente unos segundos.

— ¿Estás bien?—preguntó Elisa.

—La verdad es que no—respondió la mujer después de una pausa.

Sincera franqueza de una desconocida, suficiente para decidirse a preguntar.

— ¿Quieres hablar? —cuestionó tímida y conmovida.

—Lo entendí de la manera difícil, pero es justamente eso— respondió dibujando una sonrisa ligera que iluminó asombrosamente su mirada.

—Disculpa, pero no entiendo —expuso Elisa— ¿qué es lo justo?

—Puedes confiar, porque hay personas que no te dejan sola— sin decir más se marchó.

Elisa quedó allí parada, con la boca ligeramente abierta y el corazón palpitando muy rápido. Se había distanciado de sus amigos por la equívoca ocurrencia de no hacerlos partícipes en sus tontos problemas.

Detalles sencillos pueden liberar pensamientos no pensados; porque los grandes cambios se dan en pequeños instantes.

La clave está en adaptarse y seguir.

Sacó el celular de su bolso, cerró los ojos y recordó el número que no había guardado en el aparato para nunca olvidar de su memoria, lo marcó enseguida y a pesar del tiempo recibió un saludo que anunció la cercanía de siempre y la presencia de su amiga para escuchar tonterías.

Porque eso son los amigos, piedras angulares siempre firmes, compañía confiable cuesta arriba.

Sobra decir lo libre que se sintió en adelante, porque una vez compartido el peso, la presión disminuía facilitando el pasar fácil por un momento difícil.

Transcurrió un largo año en el que poco a poco recobraba matices de su personalidad auténtica y rescataba del abandono su contagioso carisma.

Elisa entró al establecimiento acordado y pidió una bebida para esperar a su colega, quien le hablaría como siempre y sin fallo, de trabajo.

Había un hombre sentado cerca, calculó tendría unos cincuenta y cinco años; vestía un traje negro muy elegante, una camisa azul oscuro y para enmarcar aún más su porte, una corbata que combinaba perfectamente y el cabello estilizado totalmente blanco.

Algo impedía quitarle la vista de encima, sus ojos fríos parecían decir a quien los mirara que poco valía respirar o dejar de hacerlo, porque el mundo mismo era poca cosa.

—Señor, disculpe ¿se encuentra bien? —habló ella, quebrando de raíz su costumbre de no ser la primera palabra de una conversación.

Él la miró. El contacto concluyó a los escasos segundos, cuando se alejó lentamente a su silla un poco asustada, vació de un trago lo que quedaba en su vaso y se arrepintió sinceramente de su movimiento. Quedó claro, no deseaba compañía.

Salió a toda prisa del establecimiento sin ganas de seguir esperando.

— ¡Señorita! —gritaron desde el interior del bar.

Con la prisa había descuidado su bolsa.

La sorpresa fue descubrir que la voz de alerta era la del mismo hombre. Notó el radical cambio de actitud: serio pero amable, atento.

—Gracias —pronunció apenas.

—Que la justicia siempre mueva tu mundo para que la indiferencia no mueva el de los demás—dijo el señor con un brillo enérgico en la mirada.

Estaba desorientada, algo raro pasaba. Había intentado entablar una charla con él, cuando minutos antes sentado a dos asientos de ella con la barbilla sostenida en una mano, la vista fija en su copa y sin parpadear ni moverse, había respondido mirándola con desprecio. ¡Y ahora se respaldaba hablando de justicia!

Tomó la bolsa y se fue, a los pocos pasos volvió la mirada y sacudió la cabeza bruscamente de un lado a otro, como queriendo borrar algo de su pensamiento, sin dudar más siguió adelante, con un nuevo consejo en que pensar. Pero, por un momento habría jurado que lo que vio en ese último vistazo fue al tipo, sentado en la barra y con la actitud primera, arrogante y altanera, como si nunca hubiera cambiado de postura siquiera.

Hay ocasiones que es más cómodo dudar de los ojos que intentar desentrañar el problema; con las personas hay algo semejante, se les juzga y se cree comprenderlas, cuando lo único necesario es aceptarlas.

Ella se fue sin más.

Cuando el sol iluminó por completo el cielo del día siguiente, Elisa acababa de entrar al elevador del edificio, no pudo evitar dejar caer la montaña de papeles que cargaba, su expresión fue de completo asombro.

Dentro había tres personas más: un muchacho, una mujer y un señor.

La miraban desconcertados. Pronto el chico y la mujer se acercaron a ayudarla.

El muchacho tenía el ceño fruncido, se notaba enfadado y no dijo nada; mientras que la mujer sonreía más de lo creíble, simulando tal vez lo que no sentía y hablaba con frases amistosas que Elisa no escuchaba, pues estaba absorta en recuerdos e impresiones.

El hombre mientras tanto se mantenía en su sitio sin demostrar interés, con la mirada aburrida como si estuviera solo.

Elisa tomó el material mecánicamente y no pudo quedarse callada.

—Cambiaron mi vida— dijo más para sí que para ellos.

Obtuvo como respuesta tres miradas escépticas y escrutadoras.

—Quizá me recuerden —dijo sin pasar por alto la forma en que la miraban.

— ¡Yo los conozco…los vi una vez! —Exclamó desesperada — ¿Y usted señor? Fue apenas ayer.

Continuó su monólogo, comenzando a dudar de su propia cordura, además se veían tan diferentes a la imagen que recordaba.

—Tú me hablaste de alegría, de sobreponerla a todo, tú mencionaste la confianza, en la gente, en los amigos —respiraba desigualmente, sus latidos eran precipitados y se sintió impotente, nadie parecía entender una palabra— ¡Usted habló de dejar de lado la indiferencia para vivir con justicia!

Provocó que ahora el singular trío mantuviera los ojos muy abiertos, no llegó a notar que, acaso por casualidad u otra variante, pero había acertado tres veces.

Su cabeza trabajaba a toda marcha, las ideas se arremolinaban pronosticando una fuerte migraña. Salió del ascensor contrariada, sintiéndose mareada, inútil y avergonzada.

Las caras de desconcierto y temor que tenía de frente no ayudaban.

Nunca esperó que a los diez pasos escasos de su retirada, el muchacho la llamaría tocando su hombro para agradecerle muy animado, ni que la mujer estrecharía su mano mirándola con una gratitud fortaleciente y mucho menos que el señor se despidiera con un ligero movimiento y una sonrisa solemne.

Su expresión cambió una vez más, la certidumbre de apacible satisfacción tranquilizó su corazón y por primera vez en mucho tiempo se sintió realmente feliz.

Sin forma lógica ni intención de explicarlo, sintió que su alma saldó una cuenta triple.

Hay periodos donde se dejan las manos al mando de la inercia para que mediante un extraño lenguaje de garabatos sin aparente sentido y con ayuda de algún lápiz, se rellenen hojas de un contenido especial que surge del inconsciente, periodos cuando se deja de parpadear teniendo los ojos fijos en ningún lugar, no se escucha a quien habla ni se responde a quien pregunta; son todos lapsos de reflexión involuntaria que dividen el alma trasportándola a un ambiente paralelo donde actúa libre, sin trabas ni prejuicios.

Quizá fue allí cuando se topó de frente con el subconsciente incorpóreo de ellos, un reflejo andante que “actuaba” su propio cambio.

Así fue como Elisa apareció una sola vez en la vida de tres desconocidos, dejando cierta huella en forma de consejo que mencionaba algo acerca de alegría, confianza y justicia.

A veces atraviesan el camino de otra gente para luego seguir con el propio.

Podríamos llamarlos simplemente personajes incidentales.

FIN.