setiembre 07, 2007

Personajes incidentales

Pagó la cena dejando una propina generosa a un mesero desatento a quien sin embargo dijo gracias con una sonrisa.

Elisa era una de tantas personas que caminan cada día muy rápido con los pensamientos disueltos en dos grandes grupos: pendientes por cumplir y cuentas que pagar.

Pero el día anterior, un encuentro extraño con un extraño cambió ligeramente su visión y ahora de regreso a casa, con el cabello ondeando libre al viento, recordó eso que ya de por sí no olvidaría nunca.

Extenuada de trabajo y preocupaciones, caminaba por un parque cuando tropezó y cayó sentada en la hierba verde. Una riza ajena delató a un muchacho esbelto de grandes ojos y lentes cuadrados; tendría unos dieciséis años, apenas diez menos que ella.

Él muchacho encajaba perfectamente con el opuesto exacto en su ánimo; exasperada hasta las venas y con la paciencia corrompida por un chiquillo impertinente.

Gritó con amargura mientras él solo tendía su mano para ayudarla, gesto que ella repelió secamente.

Elisa nunca notó el momento justo, pero estaba enterada que no era la misma de siempre, ahora vivía disgustada, de mala gana y molesta por todo y por nada en especial.

—Discúlpame pero, ¿puedo decirte algo? —Preguntó en ese entonces el chico—, lo que sea, no importa qué, hazlo con gusto.

Llegó al pórtico del edificio en que vivía, miró con placer el firmamento nocturno y pensó en el joven, que con un par de palabras había renovado su carácter.

Pasaron muchos meses desde lo ocurrido y Elisa se esforzaba por ser optimista, pero el esfuerzo siempre cansa y el cansancio tiende a afectar el espíritu y marcar distancia.

Problemas nuevos la preocupaban cuando un sábado muy temprano, saliendo de una cafetería con su humeante capuchino, se topó con una mujer, en cuya edad se reconoció a sí misma; pálida, protegida del frío con una gruesa gabardina negra, los brazos cruzados sobre el pecho y el semblante abatido, sin poder contener un llanto constante y silencioso.

Se vieron de frente unos segundos.

— ¿Estás bien?—preguntó Elisa.

—La verdad es que no—respondió la mujer después de una pausa.

Sincera franqueza de una desconocida, suficiente para decidirse a preguntar.

— ¿Quieres hablar? —cuestionó tímida y conmovida.

—Lo entendí de la manera difícil, pero es justamente eso— respondió dibujando una sonrisa ligera que iluminó asombrosamente su mirada.

—Disculpa, pero no entiendo —expuso Elisa— ¿qué es lo justo?

—Puedes confiar, porque hay personas que no te dejan sola— sin decir más se marchó.

Elisa quedó allí parada, con la boca ligeramente abierta y el corazón palpitando muy rápido. Se había distanciado de sus amigos por la equívoca ocurrencia de no hacerlos partícipes en sus tontos problemas.

Detalles sencillos pueden liberar pensamientos no pensados; porque los grandes cambios se dan en pequeños instantes.

La clave está en adaptarse y seguir.

Sacó el celular de su bolso, cerró los ojos y recordó el número que no había guardado en el aparato para nunca olvidar de su memoria, lo marcó enseguida y a pesar del tiempo recibió un saludo que anunció la cercanía de siempre y la presencia de su amiga para escuchar tonterías.

Porque eso son los amigos, piedras angulares siempre firmes, compañía confiable cuesta arriba.

Sobra decir lo libre que se sintió en adelante, porque una vez compartido el peso, la presión disminuía facilitando el pasar fácil por un momento difícil.

Transcurrió un largo año en el que poco a poco recobraba matices de su personalidad auténtica y rescataba del abandono su contagioso carisma.

Elisa entró al establecimiento acordado y pidió una bebida para esperar a su colega, quien le hablaría como siempre y sin fallo, de trabajo.

Había un hombre sentado cerca, calculó tendría unos cincuenta y cinco años; vestía un traje negro muy elegante, una camisa azul oscuro y para enmarcar aún más su porte, una corbata que combinaba perfectamente y el cabello estilizado totalmente blanco.

Algo impedía quitarle la vista de encima, sus ojos fríos parecían decir a quien los mirara que poco valía respirar o dejar de hacerlo, porque el mundo mismo era poca cosa.

—Señor, disculpe ¿se encuentra bien? —habló ella, quebrando de raíz su costumbre de no ser la primera palabra de una conversación.

Él la miró. El contacto concluyó a los escasos segundos, cuando se alejó lentamente a su silla un poco asustada, vació de un trago lo que quedaba en su vaso y se arrepintió sinceramente de su movimiento. Quedó claro, no deseaba compañía.

Salió a toda prisa del establecimiento sin ganas de seguir esperando.

— ¡Señorita! —gritaron desde el interior del bar.

Con la prisa había descuidado su bolsa.

La sorpresa fue descubrir que la voz de alerta era la del mismo hombre. Notó el radical cambio de actitud: serio pero amable, atento.

—Gracias —pronunció apenas.

—Que la justicia siempre mueva tu mundo para que la indiferencia no mueva el de los demás—dijo el señor con un brillo enérgico en la mirada.

Estaba desorientada, algo raro pasaba. Había intentado entablar una charla con él, cuando minutos antes sentado a dos asientos de ella con la barbilla sostenida en una mano, la vista fija en su copa y sin parpadear ni moverse, había respondido mirándola con desprecio. ¡Y ahora se respaldaba hablando de justicia!

Tomó la bolsa y se fue, a los pocos pasos volvió la mirada y sacudió la cabeza bruscamente de un lado a otro, como queriendo borrar algo de su pensamiento, sin dudar más siguió adelante, con un nuevo consejo en que pensar. Pero, por un momento habría jurado que lo que vio en ese último vistazo fue al tipo, sentado en la barra y con la actitud primera, arrogante y altanera, como si nunca hubiera cambiado de postura siquiera.

Hay ocasiones que es más cómodo dudar de los ojos que intentar desentrañar el problema; con las personas hay algo semejante, se les juzga y se cree comprenderlas, cuando lo único necesario es aceptarlas.

Ella se fue sin más.

Cuando el sol iluminó por completo el cielo del día siguiente, Elisa acababa de entrar al elevador del edificio, no pudo evitar dejar caer la montaña de papeles que cargaba, su expresión fue de completo asombro.

Dentro había tres personas más: un muchacho, una mujer y un señor.

La miraban desconcertados. Pronto el chico y la mujer se acercaron a ayudarla.

El muchacho tenía el ceño fruncido, se notaba enfadado y no dijo nada; mientras que la mujer sonreía más de lo creíble, simulando tal vez lo que no sentía y hablaba con frases amistosas que Elisa no escuchaba, pues estaba absorta en recuerdos e impresiones.

El hombre mientras tanto se mantenía en su sitio sin demostrar interés, con la mirada aburrida como si estuviera solo.

Elisa tomó el material mecánicamente y no pudo quedarse callada.

—Cambiaron mi vida— dijo más para sí que para ellos.

Obtuvo como respuesta tres miradas escépticas y escrutadoras.

—Quizá me recuerden —dijo sin pasar por alto la forma en que la miraban.

— ¡Yo los conozco…los vi una vez! —Exclamó desesperada — ¿Y usted señor? Fue apenas ayer.

Continuó su monólogo, comenzando a dudar de su propia cordura, además se veían tan diferentes a la imagen que recordaba.

—Tú me hablaste de alegría, de sobreponerla a todo, tú mencionaste la confianza, en la gente, en los amigos —respiraba desigualmente, sus latidos eran precipitados y se sintió impotente, nadie parecía entender una palabra— ¡Usted habló de dejar de lado la indiferencia para vivir con justicia!

Provocó que ahora el singular trío mantuviera los ojos muy abiertos, no llegó a notar que, acaso por casualidad u otra variante, pero había acertado tres veces.

Su cabeza trabajaba a toda marcha, las ideas se arremolinaban pronosticando una fuerte migraña. Salió del ascensor contrariada, sintiéndose mareada, inútil y avergonzada.

Las caras de desconcierto y temor que tenía de frente no ayudaban.

Nunca esperó que a los diez pasos escasos de su retirada, el muchacho la llamaría tocando su hombro para agradecerle muy animado, ni que la mujer estrecharía su mano mirándola con una gratitud fortaleciente y mucho menos que el señor se despidiera con un ligero movimiento y una sonrisa solemne.

Su expresión cambió una vez más, la certidumbre de apacible satisfacción tranquilizó su corazón y por primera vez en mucho tiempo se sintió realmente feliz.

Sin forma lógica ni intención de explicarlo, sintió que su alma saldó una cuenta triple.

Hay periodos donde se dejan las manos al mando de la inercia para que mediante un extraño lenguaje de garabatos sin aparente sentido y con ayuda de algún lápiz, se rellenen hojas de un contenido especial que surge del inconsciente, periodos cuando se deja de parpadear teniendo los ojos fijos en ningún lugar, no se escucha a quien habla ni se responde a quien pregunta; son todos lapsos de reflexión involuntaria que dividen el alma trasportándola a un ambiente paralelo donde actúa libre, sin trabas ni prejuicios.

Quizá fue allí cuando se topó de frente con el subconsciente incorpóreo de ellos, un reflejo andante que “actuaba” su propio cambio.

Así fue como Elisa apareció una sola vez en la vida de tres desconocidos, dejando cierta huella en forma de consejo que mencionaba algo acerca de alegría, confianza y justicia.

A veces atraviesan el camino de otra gente para luego seguir con el propio.

Podríamos llamarlos simplemente personajes incidentales.

FIN.

8 comentarios:

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